Las horas de dolor, desolación y angustia que vive Colombia enluta nuevamente a América Latina, pocos días después de la tragedia que azota Venezuela tras los recientes sismos. Las estremecedoras imágenes de los destrozos causados por el potente terremoto que sacudió el oeste de Colombia, despertaron la inmediata ayuda y expresiones de solidaridad de pueblos y gobiernos. Los equipos de emergencia trabajan contra reloj en la búsqueda de sobrevivientes, sin embargo, conforme pasan las horas se incrementa el número de víctimas, heridos y recién comienza a salir a la luz la magnitud de la tragedia. Al igual que Colombia, Ecuador está ubicado en el llamado Cinturón de Fuego del Pacífico, una de las zonas con mayor actividad sísmica del mundo. ¿Cuánto hemos aprendido del devastador terremoto vivido en Esmeraldas y Manabí? ¿Estamos preparados para enfrentar tragedias de esta naturaleza? El avance en monitoreos y protocolos de emergencia no es suficiente cuando persisten vulnerabilidades en infraestructura, desigualdad territorial y planificación urbana. Que no suceda en Colombia o en Venezuela que la tragedia humana sea usada con fines políticos populistas y menos que la ayuda humanitaria sea malversada. La reconstrucción de un pueblo devastado por catástrofes naturales no sólo lleva tiempo e ingentes recursos, sino la empatía y solidaridad con el dolor ajeno, Bien dice el refrán “cuando las barbas de tu vecino veas arder, pon las tuyas a remojar”. (O)





