Todo tiene su tiempo, y por eso debemos aprender de las lecciones que la vida social nos ofrece en un continuo proceso de autodescubrimiento de lo que somos y del mundo que nos rodea, desde las realidades que se viven y desde nuestra conciencia íntima que la vamos descubriendo en cada situación. Por eso el valor de la experiencia.
En la vivencia familiar ya aprendemos del ejemplo y vamos interiorizando las lecciones de la vida y las enseñanzas que nuestros padres y el entorna familiar nos ofrecen, luego en la escuela, aprendemos de las lecturas y la escritura consciente de los deberes, así formamos la memoria de los días, las obligaciones a cumplir y la disciplina escolar para luego en los años del bachillerato perfeccionar las reglas del racionamiento y de la memoria cualitativa pasando por las primeras discusiones que enriquecen el acervo humanista de la relación social que la universidad perfila por la investigación peculiar a cada profesión y práctica de servicio comunitario para así aprender de la vivencia real que la sociedad no es un abstracto de uniformidad y que el estado no es el poder indiscriminado de la arbitrariedad sino la expresión objetiva de la libertad personal desarrollada por cada individuo que la integra, porque no existe ni hay comunidad social sin personas concretas, ya que cada individuo es un universo personal, el sujeto esencial, el principio y fin de la sociedad jurídica y políticamente organizada, al punto que el poder del Estado existe para servir y construir el bien común que es el bienestar supremo y el desarrollo integral de cada persona humana individualmente considerada. Esa es la libertad y la paz que necesitamos.
Así de simple y real pero también de complejo y difícil pero no imposible de realizarse cuando de por medio en la conciencia de los gobernantes, de los legisladores, de los jueces y de los ciudadanos prima la conciencia crítica y la decisión honesta para actuar. (O)



