Paulo Freire dijo que no hay docencia sin discencia. Yo digo que no hay docencia sin disidencia. La disidencia en palabras vulgares es la acción de no estar de acuerdo con una idea, norma, creencia o grupo. También se refiere a personas que se apartan de una organización o sistema por tener opiniones distintas. Y cómo no íbamos a apartarnos -en nuestra condición de docentes- de un sistema decadente que pone un arma en la mano de un niño como posibilidad de futuro. Dicho sea de paso, valorar con justicia el crimen obligaría a juzgar a la misma sociedad que no ha logrado sostener su proyecto republicano y -por extensión-, a criticar a una escuela que estaría fracasando en aportar a las condiciones de vida civilizada, que en el marco histórico universal se ha concretado, más o menos, en el sistema democrático. Es evidente que en este sistema ha florecido el capitalismo, y ahora el capitalismo comienza a tragarse a la democracia, pero el capitalismo no es democrático pues no está obligado a velar por el interés colectivo. La deglución capitalista de la democracia tiene efectos palpables; y el deterioro de la calidad de vida es el primero, pero no solo en términos económicos o materiales, sino en términos ideológicos, éticos y políticos, en otras palabras, desigualdad, pobreza, odio, envidia, corrupción. Parece que ser disidente en este orden de ideas es seguir pensando que en nuestra condición de seres racionales todavía podemos retornar a los grandes fines humanos que dignifiquen y concedan sentido a nuestra vida individual y colectiva, que podamos disfrutar de los logros integrales de la cultura, la libertad, la creatividad, la salud, la interacción enriquecedora con los otros. Todas estas cosas que actualmente pasan a ser secundarias y banales. (O)




