Vivimos de creencias y decires que entretejen mallas que resisten. Los días y los años se van, pero dichas creencias permanecen. Mis abuelos maternos, Adelaida y Benjamín, cuando algo no visto sucedía, extraño a usanzas y creencias, solían decir: ‘El fin del mundo está por llegar’. Esta conclusión tenía su origen en un razonamiento nada despreciable: Lo insólito y ajeno a costumbres y creencias no nos pertenece. Cuando escuchemos, concluyo yo, disparates mayúsculos, expresiones sin ton ni son, comportamientos anómalos y veamos ‘que el mundo sigue andando’ como que nada ha pasado, entonces, vale citar: “Algo huele mal en Dinamarca”.
Basta vivir para ver, he oído a menudo. Es decir: la vida conlleva sorpresas y crea suspicacias. Los pueblos nacieron y crecieron poniendo en práctica sus intuiciones, buscando lo justo y acertado, acercándose al bien común, desechando lo perecible y dañino. La conciencia social siempre fue trampolín y valla, al mismo tiempo, en la conquista del progreso.
Hemos descendido, como sociedad, a compartir actitudes que rayan en lo ridículo e inmoral. La vergüenza debe haber emigrado, no se la ve por nuestras tierras. La soberbia y alevosía tienen su tribuna. La vergüenza dejó de habitar nuestro suelo mientras una serie de comportamientos nuevos ocupan curules, se adueñan de micrófonos y hacen que la palabra se convierta en transporte de insolencias y procacidades.
Cierta alta funcionaria, no hace mucho, fue motejada de copiona porque mientras fue estudiante se había servido de la copia para ostentar conocimientos y obtener la aprobación de requerimientos académicos. Dicen que su respuesta fue: Sí, sí copié y … ¿qué hay de malo? Copiona sí, pero Prefecta.
Llevo conmigo una pesada herencia: el bien merece aplausos y el mal rechazos. Hay gente, hoy, que aplaude dislates y repudia tradiciones; y … el mundo sigue andando. ¿Qué te pasó, … Roberta? (O)





