Permítanme saludarles, amables lectores de este espacio. El oficio de columnista tiene algo de muy raro porque al escribir se refiere, con demasiada confianza, a un público que no conoce, que no sabe de sus gustos, ni tiene idea de sus sentimientos. Pero bueno, no hay remedio para esto. Escribo pensando en ustedes, en sus ganas de vivir y, sobre todo, que son ecuatorianos honestos y que anhelan un espacio sano, una tierra amable y gente positiva con quienes platicar y convivir.
Todos sabemos que somos perecibles. Tenemos una idea clara que lo único cierto es el momento que vivimos. No es un descubrimiento de estos días, porque lo sabemos desde nuestra infancia y es por eso que nuestros abuelos y nuestros padres nos inculcaron ser juiciosos y cuidar con esmero donde pisamos, qué hacemos, con quienes andamos, a fin de que no correr peligro alguno y poder avanzar, crecer, llegar a ser aquello que nos propusimos un día.
El tiempo ha caminado. Las circunstancias que nos rodean nos aturden, en ocasiones nos espantan. Lo que ayer fue motivo de asombro es hoy parte del día a día. Se ha dejado crecer la desorientación conceptual de tal suerte que cada uno tiene su forma de ver y entender la realidad. Es inútil ponernos a discutir sobre este tema en el día a día. Por higiene mental nos recluimos, preferimos callar, evitamos la confrontación y de este modo el mal toma el puesto de la verdad y se entroniza el reinado de la confusión.
El pecado de las generaciones de ayer es haber capitulado frente al desastre mencionado dejando que sucedan aberraciones. Es decir: somos cómplices de aquello que hoy sucede y nos molesta; somos tan culpables como los hechores del desastre. Nuestro pecado es de omisión culpable. ¿Exagerado, … quizá? (O)



