Escuchamos con frecuencia referirse a otras personas calificándolas como buena gente.
Fulano o zutana están metidos en líos, tienen chanchullos, hay indicios varios en su contra, sospechas fundadas sobre su mal proceder, pero “son buena gente”.
En muchos casos el calificativo se adjudica porque la persona en cuestión ha sido simpática en un encuentro casual o durante varios años en los que se compartieron experiencias o encuentros eventuales, saludaba siempre amablemente, pagó las cuotas de paseos en la U., invitó alguna vez y hace años una salchipapa o una cerveza.
Esa memoria impulsa a algunos a defender al “buena gente”, con el que no han tenido relación cercana durante años o quizá nunca, como sí a los defensores les constara sin duda alguna que el individuo es injustamente acusado.
Hay que cuidar no vaciar de contenido términos y conceptos.
Buena gente, es la que ejecuta buenas acciones, la que tiene tendencia a hacer el bien, es honrada, honesta, confiable, la que no engaña ni se aprovecha de su posición o cargo para su beneficio y de su entorno, aquella en la que se puede confiar ciegamente…
Sin duda las buenas gentes abundan. Tengamos cuidado en no mezclarlas con quienes no lo son. (O)





