Cuando izquierda y derecha coinciden en el diagnóstico, conviene prestar atención. El presidente Lula da Silva habló ante la Asamblea General de uno de los momentos más críticos de Naciones Unidas y responsabilizó, entre otras cosas, al inmovilismo del Consejo de Seguridad. Javier Milei, presidente argentino, fiel a su estilo fue mucho más lejos: calificó a la ONU como una organización “inútil” y acusó a su burocracia de haber fracasado en tareas fundamentales como garantizar la seguridad colectiva y proteger los derechos humanos. Entre la diplomacia del brasileño y la estridencia del argentino existe, sin embargo, una coincidencia clara: la institución creada para sostener un orden internacional basado en reglas atraviesa una profunda crisis de autoridad.
José Antonio Kast, el mandatario chileno, afirmó que la ONU “no ha estado a la altura” y cuestionó que el Consejo de Seguridad siga respondiendo al mundo de 1945; el francés Emmanuel Macron, desde la vereda contraria, defendió a Naciones Unidas precisamente para evitar el retorno a una “ley de la selva”. Para unos se requiere menos burocracia, menos agendas y más soberanía; para otros, un multilateralismo renovado, más representativo y capaz de hacer cumplir sus decisiones. En el fondo coinciden en la misma inquietud: ¿de qué sirve una institución cuyas resoluciones pueden ser ignoradas sin mayores consecuencias?
La respuesta no puede ser resignarnos a la lógica atribuida a Tucídides, aquella en la que los fuertes hacen lo que pueden mientras los débiles soportan lo que deben. Precisamente para impedir que el poder sea la única regla posible se construyó el sistema multilateral después de la Segunda Guerra Mundial. Su fracaso no justificaría regresar a un mundo de liderazgos impuestos y países convertidos en patios traseros de otros. Sería paradójico que, frente a la impotencia de las instituciones internacionales, la respuesta consistiera en debilitarlas todavía más y dejar el orden mundial en manos de quienes tienen mayor capacidad económica, política o militar.
Si algo dejan los discursos de esta Asamblea es una advertencia compartida desde distintas ideologías: Naciones Unidas debe cambiar. La discusión verdaderamente importante es si lo hará para recuperar su capacidad de poner límites al poder o si terminaremos aceptando que, en el orden internacional la razón la tendrá el que tiene más fuerza. (O)
@avilanieto




