Les cuento, amigos de El Mercurio, algo muy personal. Dentro de los primeros quince días de octubre próximo, Deo favente, cumpliré noventa y un años. Hermosa edad porque aún me permite hilvanar estos renglones, que son pasaporte para una mejor comprensión de nuestras vidas.
Pero en mi caso, no todo es color de rosa. De un tiempo acá mi mente ha olvidado datos precisos sobre diversos acontecimientos por mi vividos. Mi memoria se ha desgastado aceleradamente, si bien nunca fue brillante; la comprensión y no la retención de la realidad siempre me fue más fácil. Por suerte, en estos días, existen memorias de otra índole que nos acercan a la veracidad de algún suceso del pasado que aún nos inquieta.
Les cuento esto, muy personal, porque nadie sabe lo que la vida le depare en edad avanzada. Hoy existen procedimientos que ayudan a fortalecer diversas manifestaciones de la inteligencia humana. Pero hay una verdad: nadie nos hace este favor; o nos proponernos hacerlo solos o en grupo, o nadie lo hará. Nuestro cuerpo, tanto en lo físico como en lo inmaterial, requiere suplir deficiencias.
Si bien en mi juventud gustaba del deporte y fui montañista por largo tiempo, nunca visité un gimnasio para fortalecer mi cuerpo. Fui muy amigo del adagio: ´Lo que no da la naturaleza, Salamanca no lo presta´, y me propuse seguir siendo el que siempre fui. Hoy, a la distancia, pienso que me equivoqué porque bien pude reforzar mi físico dando importancia a deficiencias notorias. Aún hoy, con mejor conocimiento y con mayor necesidad, no hago pequeñas rutinas para mejorar destrezas y aliviar dolores. Una necedad culposa me ata a vivencias del pasado.
¿Algo más? Es sano, útil y sensato prepararse en forma debida para los años que están por venir. El presente es moneda invaluable. No lo malgastemos. (O)





