¿Qué nos pasa cuando la corrupción ya no nos sorprende? ¿Qué nos pasa cuando alguien se beneficia de los recursos de otros, abusa de una posición o utiliza el poder y la manipulación para obtener privilegios y, en lugar de generar rechazo, termina siendo defendido, ovacionado y hasta admirado?
Ese, quizá, es el verdadero problema, porque una cosa es que la corrupción exista y otra muy distinta es que hayamos llegado al punto de celebrar a quienes se benefician de ella. Ya no se trata solamente de una conducta naturalizada; estamos frente a algo más censurable: una inversión de valores en la que quien actúa correctamente es visto como el pendejo, mientras quien consigue beneficios a costa de otros es admirado por hacer de su sapada una virtud.
¿Qué nos pasó? ¿Cuándo empezamos a confundir ingenio con abuso, éxito con privilegio e inteligencia con oportunismo? Quizá algunos callan por miedo; otros, por vergüenza o culpa; y muchos, por la conveniencia de los favores recibidos. Lo cierto es que los privilegios son difíciles de soltar. Como dice el viejo dicho: lagarto que come, no vomita.
Y entonces ocurre lo más absurdo: el problema deja de ser quien se beneficia indebidamente y pasa a ser quien pregunta, cuestiona o denuncia. Al que reclama se lo llama conflictivo; al que incomoda, problemático; al que señala, se lo desacredita. Mientras tanto, quien debería explicar sus actos encuentra defensores, aplausos y hasta admiradores.
En medio de esta irracionalidad institucionalizada, no todos hemos elegido ese camino ni todos nos conformamos con un “así son las cosas”. Hay quienes sí decimos que algo está mal cuando, en verdad, está mal, aunque resulte incómodo y aunque tenga un costo.
¿Y qué me pasa a mí? ¿Y qué nos pasa todavía a muchos? Que nos repele todo aquello que intenta convertir lo injustificable en justificable. Nos cuesta entender cómo alguien puede llegar a defender lo indefendible, al punto de provocar vergüenza ajena. (O)





