El 1 de diciembre próximo se cumplirán veinte y siete años de la Declaratoria del Centro Histórico de Cuenca como Patrimonio Cultural de la Humanidad. Sin embargo, no hay que olvidar que, la creación de una estructura institucional acorde como la Dirección de Áreas Históricas y Patrimoniales y la legislación respectiva, se concretaron casi una década después. Paradójicamente desde esas mismas fechas es que, nos encontramos con una innumerable cantidad de manifestaciones estéticas en las paredes patrimoniales. Resaltan dos tipos: Los murales y los llamados tags. Los primeros corresponden a obras de pintura mural, planificadas, en su mayoría son legales porque cuentan con una autorización, generalmente tienen un auspiciante, buscan narrar una historia o simplemente decorar un espacio, con un nivel de técnica y detalle. Huella o impronta con la que los artistas buscan reconocimiento y pueden ser permanentes o temporales. En el segundo caso, el tagging o graffiti callejero, son manifestaciones urbanas que nacieron conjuntamente con la subcultura hip hop. Al contrario de los anteriores, estos surgen sin autorización, sin planificación pues son espontáneos, resultado de un trabajo sostenido en la inmediatez, sin la utilización de pinceles o un boceto preliminar. Para ello utilizan el aerosol y una caligrafía que se le conoce con el nombre de “wildstyle”. Generalmente son efímeros, pueden ser eliminados o cubiertos con pintura plana. Su carácter de clandestino e irreverente, está siendo estudiado y justificado por algunos espacios culturales. No así para quienes defendemos el patrimonio, porque consideramos a las manchas y actos vandálicos, como una total falta de amor por la ciudad y su arquitectura. De momento no hay educación, ni difusión para la protección. (O)







