Se dice que nuestra mente, en modo automático, toma miles de decisiones diarias. Por inercia levantamos la cobija al escuchar el despertador. Extendemos el brazo, apagamos la alarma, tomamos un respiro. Ah, pero faltó mencionar el abrir y cerrar de los párpados, mientras piensa en el sueño que acaba de tener, la primera palabra de gratitud, o el recuerdo de un pendiente que se debe hacer. Un sinfín de acciones provenientes de una voluntad intrínseca, que ya está bien educada, o más bien acostumbrada. Poco a poco, se pierde la atención. Concienciamos decisiones exclusivas, esas que tienen cita puesta en el calendario: con el trabajo, con el doctor, con la escuela, o con la junta empresarial. Hay que prepararse, leer la información, tener una presentación, alistar la justificación del por qué no mejoran las evaluaciones de salud o las tareas. Decidimos sobre productos, comparamos calidad, precio, cantidad. ¿A dónde iremos de viaje? Esto se analiza, pero lo cotidiano ya no.
¿A dónde cabe el amor? El saludo de la mañana, el beso en la despedida, las buenas noches para dormir. Son hábitos sanos, pero parece que la habitualidad resta atención. Se da por sentado que la pareja se encontrará en casa, que el hijo llegará a cenar, que mamá siempre perdona. Pequeños actos de amor. Importantes prácticas ganadas con los años. Lamentables rutinas desconocidamente consensuadas, pero adoptadas y adaptadas. De las más de 30,000 decisiones inconscientes, apenas 90 son pensadas. Se desconoce cuántas de ellas pasan el filtro familiar, del bienestar emocional de casa, de estar presentes para amar. Y finalmente entendemos esa frase del cursillo matrimonial “amar es una decisión.” Claro que entran en juego las experiencias vividas, los valores interiorizados, el tiempo recorrido, la memoria. Uno puede fallar en las decisiones que toma. Distraerse con los pensamientos, equivocarse por escuchar a colegas, conocidos, incluso amigos o familiares. Pero ya en conciencia, lo que pesa, es el resultado final, ese que surge de recordar cómo empezó todo, de reconocer la lucha conjunta en el tiempo, de elegir batallas, de respetar la confianza, de soñar… y puede ser de manera individual o colectiva, pero siempre en pro de algo bueno, o alguien que está ahí. Diariamente, se elige, nos elegimos. (O)




