«Mi vida es muy contenta y alegre. Me gusta el baile. La risa es el secreto de la longevidad», asegura Laura Ramírez López, de 90 años.
Ella nació el 4 de junio de 1936 y es parte de la población de El Pan, donde la mayoría de habitantes supera los 70 años.
Este cantón azuayo registra uno de los índices de envejecimiento más altos del país, según el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC).
Historias
Laura cuenta que creció en la pobreza y trabajó desde muy joven. A los 22 años se casó con Carlos Medardo Rivas y juntos levantaron su vivienda y formaron su hogar. Tuvieron ocho hijos; seis viven, Nila, Klever y Carmita en Ecuador y Martha, Galo y Danilo en Estados Unidos.
Hoy su rutina sigue ligada al campo. Laura se levanta temprano, prepara el desayuno, alimenta animales y va a la chacra. Dice que trabajar la tierra le permite mantenerse activa.
“Si no sembrara, no sabría qué hacer”, comenta.
Recuerda que en su juventud llegó a recoger hasta 3.000 granadillas para vender en Cuenca y ayudar a sostener el hogar, cuando su esposo migró a Venezuela hace más de 40 años para trabajar y pagar la casa que adquirieron.
Carlos Medardo se quedó un lustro en ese país. Hoy tiene 93 años y todavía camina hasta el potrero para ver el ganado y ordeñar las vacas a diario.
«El médico recomendó que no deje esa actividad porque le hace bien y le ayuda a mantenerse en actividad», cuenta su hija Carmita.
Laura y Carlos llevan 68 años de matrimonio. Hablan de respeto mutuo como la base de su relación. “Para que un matrimonio dure hay que ser leal, fiel. La traición es grave».
Cuando habla del baile a Laura se le ilumina el rostro. «Me gusta bailar cumbia, música nacional, bachata y hasta reguetón, pero me gusta bailar más en taco alto», dice entre risas.
Laura ha viajado a Estados Unidos dos veces en los últimos cinco años para visitar a sus hijos que residen en Nueva York y Minneapolis. Este 2026, planea regresar junto a su esposo.
Alimentación
Para los longevos de El Pan, entre los «secretos» de la longevidad está además la alimentación sana, el aire, puro y la tranquilidad de la vida del campo.
Comíamos arroz de trigo, arroz de cebada, arveja en grano yen harina; caldo de res, pero de vez en cuando porque la carne roja no es muy buena; carne de chancho y uso la manteca del cerdo para todo, excepto para las ensaladas», cometan doña Laura.
En el cantón hay registros de personas que han superado los 100 años. Los nombres circulan entre vecinos: Concepción Delgado de 104 años y María Teresa Maldonado de 101 años, ambas ya fallecidas.
Además, Marina Seminario con 105 años; María Adelina Gutiérrez, de 102 años y María Ignacia Flores de 99 años, quien es cuidada por sus hijas Blanca y Gema Soliz.
«La Reina (como le dicen a su madre) se rompió la pierna en agosto de 2025, se operó con el riesgo que implicaba y salió, aunque ya no se recuperó 100 %», dice Gema y destaca la fortaleza de su madre a lo largo de su vida para trabajar la tierra.

El cantón El Pan está ubicado a 2.560 metros de altitud al noroccidente del Azuay. El 80 % de su territorio corresponde a áreas de vegetación protectora vinculadas al río Collay.
Según datos municipales, tiene alrededor de 3.000 habitantes distribuidos en 15 comunidades, cerca del 60 % de la población es adulta mayor.
Tranquilidad
Mariana Flores Gárate tiene 71 años es oriunda de Cuenca y llegó a El Pan por trabajo como docente. Contrajo matrimonio con Don Antonio y se estableció en el lugar. Tras enviudar hace 20 años, decidió permanecer en El Pan.

Atribuye su longevidad al clima privilegiado del sector, al aire puro y a una alimentación con base en el maíz y el fréjol.
«Las personas que vivieron sus años se alimentaban de lo que producía la tierra. Antiguamente, el arroz se consumía rara vez, el azúcar no se utilizaba porque había la panela, cada quien tenía la costumbre de hacer su pan, se comían huevos criollos. Nada de productos procesados, nosotros tratamos de continuar con eso», asegura.
Para los octogenarios y nonagenarios trabajar es parte de la vida diaria.
Néstor Polibio Alarcón, de 80 años, también ha vivido siempre ligado al campo. Aprendió de su padre el trabajo agrícola y ganadero y lo mantiene. Se levanta a las seis de la mañana y organiza su jornada entre tareas rurales.

Conserva una Biblia que lee a diario y una guitarra que toca desde joven, aunque como «aficionado», aclara.
Sus manos ágiles pulsan las cuerdas de la guitarra clásica y entona el pasillo Aunque tarde pero regresa, del compositor Fausto Galarza.
«El que me ha permitido llegar a esta edad es primeramente Dios, que es quien nos da la vida y la salud. He tenido momentos buenos y malos. He vivido con humildad y soy soltero», dice desde su vivienda, donde conserva un pequeño altar con imágenes religiosas y flores.
Recuerda que en su juventud migró a Guayaquil donde trabajó como comerciante, pero regresó. “Mi lugar está en El Pan”, asegura.
El Pan busca ser «zona azul»
El alcalde de El Pan, Wilson Ramírez, sostiene que la longevidad en el lugar se explica por el entorno.
Gran parte del territorio se encuentra dentro de áreas de bosque y vegetación protectora del Collay.
“Buscamos que El Pan sea reconocido como zona azul, es decir, un territorio donde habitan personas con vidas considerablemente más largas que la media y lo hacen en buenas condiciones físicas y mentales. Aquí muchos superan los 80 o 90 años, e incluso alcanzan los 100, con vida de calidad”, indicó.
Según el INEC, a medida que las tasas de natalidad descienden, la concentración de adultos mayores incrementa.
Aunque la salida de jóvenes hacia otras ciudades o al exterior, junto con la caída de nacimientos, ha cambiado la estructura de la población de El Pan, la vida diaria aún se sostiene en la agricultura y la ganadería y marca un equilibrio entre naturaleza, trabajo y comunidad. (PNH)-(I)
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