En algo más de 72 horas, en Cuenca se registraron tres muertes violentas. De ellas, dos en las inmediaciones del Centro Histórico. La otra en el barrio Las Orquídeas.
Cada cierto tiempo ocurren estos hechos violentos. No por ello dejan de preocupar, tanto por el nivel de violencia con la que actúa la delincuencia organizada, cuanto porque las presunciones se relacionan a presuntos ajustes de cuentas entre bandas y disputa de territorios para comercializar estupefacientes al menudeo en la ciudad.
Cuando suceden, las autoridades casi siempre apelan a las estadísticas para comparar las muertes violentas con las ocurridas dentro del mismo periodo en el año anterior.
Tal ecuación no cuadra con lo que espera la ciudadanía. Apalancarse en la estadística solo refleja que el problema persiste. Si bien amaina por un tiempo, vuelve y, como lo ocurrido en estos últimos días, con alevosía, a sangre fría, En el caso de Las Orquídeas, con el método “dos en moto”.
Los asesinatos perpetrados la noche del jueves anterior ocurrieron en zonas de la ciudad, común y lamentablemente azoladas por la delincuencia, incluyendo la prostitución clandestina.
Los controles que dice realizar la Policía Nacional, o no son suficientes o son poco efectivos; pues los grupos delictivos hacen de esos lugares sus centros de operaciones y, como en esta vez, el lugar para cometer sus asesinatos.
La vieja usanza del “dos en moto” trató de ser controlada mediante ordenanza que la prohíba, pero el proyecto no pasa en el Concejo Cantonal.
No será la solución, pero en algo ha ser útil, comenzando por la disuasión.
Ante esos sucesos violentos pasa desapercibida otra realidad: el consumo creciente de estupefacientes. Crece la demanda, crece la oferta. Las consecuencias están allí.
A Cuenca, las autoridades no deben acostumbrarla a convivir con el miedo, a que los asesinatos sean parte de su cotidianidad. Hay que actuar; pero ya.







