Como todos los años desde 1975, este 8 de marzo se conmemora el Día Internacional de la Mujer.
Se lo conmemora cuando las mujeres han dado pasos importantes, han librado mil batallas para conseguir sus ideales, para abrirse camino desbrozando ignominias, desigualdades históricas, el siempre vigente machismo, prejuicios, diferencias lingüísticas, totalitarismos religiosos y algunas prácticas aberrantes.
Triunfan en las ciencias, en el arte, en el deporte, en la academia, en fin, en todos lo campos donde su presencia se torna infaltable, necesaria, imprescindible.
También lo hacen en la política, luchando contra las dictaduras, aun en las democracias en las cuales se pone cualquier pretexto para excluirlas, para no valorarlas, o mantienen reglas rígidas para escamotear sus derechos, como los laborales.
Las mujeres, en base a sus esfuerzos, cumpliendo a veces doble rol, desafiando al tiempo, al qué dirán, logran independencia económica, buscan maneras para seguir preparándose, demostrando que su fuerza radica en el poder de su mente, en el de su corazón, en el de su espíritu, siempre abierto.
La legislación de muchos países, entre ellos la del Ecuador, contempla leyes que permiten su participación en la política en igualdad de condiciones que el varón.
Ya no es nada raro que algunas mujeres buscan dirigir a sus países, y lo han logrado; otras, se han fajado más que lo suficiente para librar a los suyos de regímenes presididos por totalitarios; tantas otras enarbolan luchas para combatir los discrímenes que aún quedan; como en el caso del Ecuador, para exigir justicia ante tantos femicidios.
También sobresalen las mujeres que, como amas de casa, haciéndole al trabajo informal, aun siendo jubiladas, dan todo lo que pueden, no se rinden.
Conmemorar; no celebrar. El mundo será más mundo cuando hombre y mujer sientan que ninguno de los dos es inferior, ni se merecen reproches, ni de disputarse los tronos que, además, no existen.











