No, no es ninguna novedad que el deporte se lo mezcle con la política. Ocurre durante los Juegos Olímpicos. Quizás, con mayor fuerza en los Mundiales de Fútbol.
Con sobradas razones se considera al fútbol como el deporte más popular en la mayor parte del mundo.
No solo mueve pasiones de la más variada índole. También sirve para mantener inquietados a los pueblos, en especial durante los Mundiales. Tan es así, que los gobiernos de los diversos países se disputan por organizar estos torneos. El presidente de la FIFA es un todo un poderoso, como lo es la institución misma. Las Federaciones que la integran no se quedan atrás.
Un Mundial es un motor económico que genera incalculables ganancias, como ocurre con el que concluye este domingo. A la FIFA solo le ha faltado comercializar el aire que se respira en los estadios.
Siendo así, ese deporte de masas ha sido, es será permeado por la política, más claro por los intereses políticos. En la actualidad, hasta por los de tipo geopolítico.
La rivalidad entre las Selecciones de Fútbol trasciende resultados, la revancha deportiva mientras sea eso, el derecho propio de lograr el título máximo, representado no solo por alzar la Copa, sino por las ganancias económicas y otras oportunidades, aprovechadas por el marketing.
No puede ser mejor señal de esa politización que la demostrada tras el partido entre Argentina e Inglaterra, naciones que se disputan el derecho sobre las islas Malvinas, escenario de una guerra en…
Es deleznable que se haga presente el patrioterismo en un estadio sobre un problema que debe resolverse en el campo de la diplomacia.
Un partido de fútbol, como el protagonizado por esas dos Selecciones, no es más que eso; pero el mundo futbolizado también vio el otro lado, ese lado promovido por el rencor, por la intolerancia.
Dirán que es imposible impedir esa mezcla oprobiosa. Cuando menos, no debería caer en los extremos.










