Cómo, ayudados por quién, con la complicidad de quiénes, dos sentenciados por la justicia fugaron el 28 de septiembre de 2026 en horas de la noche o de la madrugada de la cárcel de Turi.
Varios días después de ese “escape de película”, la Policía sigue buscándolos para recapturarlos.
Un video difundido los muestra caminando por una de las vías que circundan al centro penitenciario como si fueran ciudadanos de a bien.
Las teorías sobre la fuga tejen varias hipótesis. Lo cierto, acaso lo único por el momento, es que burlaron el control de los guías penitenciarios, de la propia Policía, y se fueron, seguramente hasta ser recogidos por los cómplices que los esperaban por allí cerca.
¿Un escape planificado? Qué duda cabe.
Cumplían condenas por robo y narcotráfico.
Se sobrentiende que los sentenciados deben vestir el clásico traje penitenciario, como se ve a los recluidos en la cárcel El Encuentro. Es más, que en sus celdas no hay otro, peor su ropa común.
Digamos, entonces, que la cárcel de Turi es vulnerable. Y decir esto es lo de menos, si se considera que, años atrás, fue escenario de masacres entre reclusos, donde ingresaban armas, teléfonos celulares, droga, y los presos hasta organizaban fiestas e improvisaban piscinas en sus patios.
Se supone que para un recluso no es nada fácil fugarse, si de por medio no cuenta con la complicidad de alguien; no tanto de que le abra las puertas del reclusorio, basta que se haga el desentendido o hasta que se deje maniatar para disimular.
Valgan estos mismos sospechosos procedimientos para entender cómo es que, pese a tantos controles, que incluyen hasta revisiones íntimas, a las celdas ingresen armas, celulares, droga, y desde las cuales los líderes de las bandas criminales detenidos, siguen delinquiendo.
Comentar que los condenados se fuguen de las cárceles no es mayor escándalo; sí lo es, que los métodos sean los mismos y en medio de sus celadores.







