Es inevitable que los medios de comunicación impresos, tarde o temprano opten por la plataforma digital.
De hecho, varios de ellos, no solo en Ecuador, han pasado por esa transición tecnológica.
La producción de papel periódico decae. Y ocurre, precisamente por la digitalización de los medios, por la poca demanda de periódicos impresos y el cierre de plantas papeleras.
Además, la publicidad, nervio vital para su sostén económico, disminuye.
Hasta allí el asunto es comprensible; irreversible, además.
Pero que un periódico impreso se vea forzado a apagar su rotativa, a dejar en la desocupación a decenas de obreros y profesionales, entre estos a periodistas, a causa del acoso, de la presión, de la intromisión directa de un gobierno, ya es otra cosa.
Y eso es lo reprochable. Peor si esas zancadillas, miserables para ponerle un adjetivo calificativo, provienen de un gobierno que se cree democrático, que fue elegido, entre otras cosas, para que respete las libertades, entre ellas las de expresión y de prensa.
Acosarle a un medio impreso, echarle encima a los entes de control; meter miedo a los anunciantes y que estos, dócilmente se dejen amedrentar para evitarse problemas; chantajear para que directivos y editores despidan a periodistas críticos e investigativos, a articulistas cuyos comentarios causan urticaria al poder político, es propio de gobiernos autoritarios. A estos les incomoda la verdad, la crítica, el contrapeso que ejerce una prensa libre e independiente.
Este 9 de octubre de 2026, 53 años después de su primera edición, diario Expreso puso en manos de sus miles de lectores sus últimos periódicos impresos.
Unos pocos estarán satisfechos. Entre ellos el poder político. Hasta contaron con el silencio de ciertos profesionales del oficio, que en otra época reciente de persecución a los medios alzaron su voz.
Expreso se lo leerá en formato digital. Por ventaja, “la libertad no se imprime; se la ejerce”.







