¿Se han dado cuenta que ahora todo es rapidísimo?
Si, es una época que glorifica la velocidad y nos empuja a producir, opinar y reaccionar sin descanso, como si detenerse fuera una falla y no una necesidad. Sin embargo, la vida es sabia y nos recuerda lo contrario.
Por ejemplo; en la música el silencio entre notas, no es ausencia de sonido sino el espacio que permite que la melodía exista; sin esa pausa no hay armonía, solo ruido. En los ciclos agrícolas, el suelo necesita descansar para regenerarse; aquí el barbecho no es abandono, es preparación porque es en ese tiempo de quietud que la fertilidad vuelve a gestarse. En nuestro caso, los humanos, la respiración nos ofrece de igual manera una lección esencial: al inhalar y exhalar con atención, el cuerpo recupera su ritmo natural y la mente encuentra claridad. Respirar de forma consciente es una pausa viva: un recordatorio de que no todo debe ser inmediato y de que la presencia precede a la acción.
Necesitamos pausas para comprender, sanar y reinventarnos. Pero hoy, detenerse parece un acto contracultural. Pienso que pausar es resistir a la urgencia constante, al ruido permanente y al mandato de estar siempre disponibles, productivos y visibles.
Todos tenemos un propio ritmo, pero es la pausa la que marca la diferencia. En un mundo que glorifica el hacer, recordar el ser se vuelve un acto profundo de resistencia. No se trata de dejar de actuar, sino de hacerlo sin ego, sin identificarnos con la acción ni perdernos en el ruido del resultado.
Detenerse no es retroceder. Es elegir presencia antes que urgencia, conciencia antes que impulso. Tal vez hoy, avanzar consista en eso: pausar, ser y desde ahí, actuar con mayor coherencia y responsabilidad. (O)










