Cuando la vida se tiende al sol

Fotografía “El balcón de La Habana”. /Cortesía de Roberto Koltun, ganador del Premio Pulitzer
Fotografía “El balcón de La Habana”. /Cortesía de Roberto Koltun, ganador del Premio Pulitzer

¿Alguna vez nos hemos detenido a pensar cuánto dice la ropa de nosotros? Y no me refiero a la que elegimos para salir de casa, ni a marcas, colores, estilos o tendencias. Hablo de esa otra ropa, mucho menos pretenciosa, que más de alguna vez hemos sacado al patio, a una terraza o a un balcón y se ha quedado tendida al sol. Y expuesta.

Porque un tendedero, aunque no lo parezca, nos cuenta algo. Sin querer, mientras esperamos que el sol y el viento hagan su trabajo, podemos estar contando una parte de nuestra vida. Una fila de pañales puede anunciar que nació un bebé; un uniforme, que hay niños en edad escolar; varias sábanas puestas a secar a media semana quizá cuenten que uno de ellos mojó la cama.

Los suéteres y las cobijas anuncian que llegó el frío, la ropa de trabajo habla de los oficios de quienes viven bajo ese techo y hasta esas prendas íntimas que normalmente escondemos bajo la ropa terminan, de vez en cuando, ondeando con absoluta impudicia frente a los vecinos.

La familia no ha abierto la puerta de su casa y, sin embargo, ha dejado escapar un pedacito de su intimidad por el tendedero. Tender la ropa es, muchas veces, una necesidad. No todos los hogares cuentan con una secadora y, al fin y al cabo, los trapos sucios se lavan en casa… pero en algún lugar hay que ponerlos a secar.

Con el tiempo, el tendedero ha terminado por formar parte del paisaje cotidiano de muchos pueblos y ciudades alrededor del mundo.

Lo encontramos atravesando el balcón de una vieja casa en Nápoles, en el patio de alguna vivienda de la campiña francesa o colgando de ventanas, terrazas y azoteas en prácticamente cualquier país de América Latina. En algunos lugares, la ropa tendida no afea el paisaje. Es parte de él.

Recuerdo que, durante mis años universitarios, un catedrático nos hizo una pregunta aparentemente sencilla: “Si nos paramos en medio de un barrio capitalino, ¿qué es lo que más abunda?” Las respuestas comenzaron a surgir. El humo de los buses, dijeron algunos. Las calles, los tejados, respondieron otros.

Él escuchó y finalmente nos dijo: “Ropa tendida”. La respuesta nos sorprendió, pero la lección no tenía que ver con la ropa. Nos estaba enseñando a observar. Un periodista no ve solamente lo obvio; aprende a descubrir el mensaje que hay detrás de aquello que todos los demás están viendo.

Entonces el viejo dicho de “sacar los trapitos al sol” se vuelve casi literal, porque la ropa tendida puede contarnos no una historia, sino varias en una sola lavada. En México siempre me llamaron la atención las azoteas de algunos edificios, donde cada departamento tiene asignada una especie de jaula de malla para tender la ropa.

Se cierra con candado, como si con ello se protegiera una pequeña parcela de intimidad dentro de un espacio compartido.

Pero basta mirar a través de la malla para descubrir la paradoja: la ropa está bajo llave, pero la intimidad sigue a la vista. El candado puede proteger las prendas de otras manos, pero no de otras miradas un poco más curiosas. Porque un tendedero también puede contar historias menos alegres.

La ropa muy gastada, remendada una y otra vez, puede hablarnos de una familia que atraviesa dificultades económicas. Una cantidad inusual de ropa de cama pueden dejarnos entrever que alguien está enfermo.

Incluso la ausencia repentina de aquellas prendas que solíamos ver colgadas puede hacernos pensar que algo cambió detrás de esas paredes.

Porque la ropa no solo acompaña nuestros días felices: también está presente en las épocas difíciles, la enfermedad, las carencias y las ausencias.

Tal vez ahora, mis queridos lectores, después de reflexionar acerca de los verdaderos “trapos al sol”, ya no vuelvan a mirar un tendedero de la misma manera… o quizá piensen dos veces qué van a poner a secar. Pero no es mi intención incomodarlos, sino simplemente detener la mirada sobre una costumbre cotidiana que dice mucho más de los pueblos de lo que imaginamos.

Y no puedo terminar este artículo sin mencionar a la enemiga pública del tendedero: la lluvia.

Porque no importa cuánta historia, intimidad o identidad cultural pueda contener un tendedero, basta que caigan las primeras gotas para que desde algún rincón de la casa se escuche aquel grito urgente que muchos conocemos desde la infancia: “¡La ropaaaa!” Entonces se acaba la contemplación y comienza el rescate. Hasta la próxima lavada… digo, ocasión.

Lcd. Claudia Sagal

Lcd. Claudia Sagal

Periodista de investigación internacional, novelista bilingüe (español–inglés) y conferencista. Ganadora de un premio Emmy y tres reconocimientos UNICEF por su labor en televisión. Ha cubierto historias en América, Europa y Medio Oriente. Actualmente reside en Cuenca y escribe sobre cultura, historia e identidad en diálogo con el mundo.