Escuela centenaria

Llegamos desde todos lados. No todos pudieron venir, pero estuvieron con el corazón, imaginando que sí estaban.

Quienes llegamos, llegamos para recordar la época escolar, la de la niñez, de esa niñez ida para no volver. Ese pedazo del tiempo entre los cinco y once años de edad. Desde cuando nuestros padres nos dejaron en las manos del profesor, unos llorando al sentirse desprendidos del fuego hogareño, hasta cuando salimos con un diploma bajo el brazo.

Llegamos los que comenzamos la educación primaria en una casa grande, años después convertida en el salón Azuay, ahora en almacén; luego en la “Escuela Vieja”, una casona cuyas estructuras crujían; y, finalmente, en la actual, cuyos dos pabellones, desde 1965, siguen allí, desafiando al tiempo.

Allí perduran las que fueron nuestras aulas, menos los dos grandes patios de tierra, escenarios de los recreos; de las formaciones, tomando, entre compañeros de fila, la debida distancia con los brazos extendidos hacia los hombros del que estaba adelante, bajo la mirada estricta y la pose hasta militar de los profesores.

Muchos volvimos a ver a los compañeros de aula, 10, 20, 30, 40 años después; a los que nos precedían, a los que nos seguían; en fin, a los que fuimos parte de ese pueblito solariego, que olía a dulce, de callecitas apenas empedradas.

Muchos se reconocían y no lo creían. Al abrazarse afloraron desde los apodos hasta las anécdotas; el recuerdo de una que otra puñetiza luego del típico “afuera nos vemos”; o del escape para ir a la huerta de al lado y robar naranjas cuyos árboles su dueño, según el miedo inducido, les había “iguanado”. ¡Ah muchachada, sublime muchachada!

Ni bien llegar al desfile de las promociones, sentir pena por los compañeros que ya son parte del polvo cósmico; recordar a los profesores, uno que otro aún con vida; reseñar la época en la que se creía “que la letra con sangre entra”; la de la disciplina férrea; la del amor por la tierra natal, por la patria; cuando se enseñaba el respeto a los mayores, a cumplir deberes y lecciones sin chistar ni alzar a ver.

Llegamos. Unos, cargados de fotos de la era escolar. Las comparaciones, físicas sobre todo, cortaron el aliento; como para confirmar que los años no pasan en vano.

Otros, cuyas edades fluctúan entre los 80 y 90 años, para desfilar, acaso por última vez.

Lo descrito, apenas es una parte de la conmemoración de los 100 años de la escuela Fernando de Aragón, cantón Santa Isabel, si bien su funcionamiento data desde mucho antes. Inolvidable. ¡Hasta pronto escuelita mía!

Otros, algo volverán a escribir cuando cumpla 150, 200 años. Les dejo el deber. (O)

Lcdo. Jorge Durán

Lcdo. Jorge Durán

Periodista, especializado en Investigación exeditor general de Diario El Mercurio
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