Una ciudad la hacen quienes en ella habitan. Ya no se viven tiempos en los cuales un Concejo Cantonal o un alcalde en particular tomaban decisiones por sí y ante sí ante problemas acuciantes, impostergables, aquellos que tarde o temprano terminan desbordando una urbe. O también los ignoraban.
Cuenca siempre se ha caracterizado por tener un ejercicio de ciudadanía activo, crítico, propositivo, muy por encima de cálculos, ni se diga de los de naturaleza electoral. Por allí, alguna excepción.
Vale decir: la academia, en sus mejores tiempos; los sectores productivos, los colegios de profesionales, quienes hacen trabajo de consultoría, urbanistas, historiadores, sociólogos, antropólogos, los medios de comunicación, asimismo en sus brillantes épocas, entre otros, siempre le han tomado el pulso a la ciudad.
Ahora no es la excepción. Ante el avance del proceso de gentrificación del Centro Histórico, aun de otros sectores estratégicos de la urbe; igual de la “presión” que ejerce el flujo turístico con todas sus aristas en esta zona como en otras, se han prendido las luces, diríase más bien las alertas, suficientes como para aglutinar a todos alrededor de una misma mesa y debatirlos.
El asunto mayor radica en cómo y cuándo hacerlo antes de que sea demasiado tarde. Alguien debe liderar la iniciativa, comenzando por entender que primero está la ciudad, luego los intereses económicos.
Plausible fuera que el alcalde Cristian Zamora, renunciando a la autosuficiencia, a aquel concepto liviano sobre la actividad turística en masa y al son de la pirotecni; de creer que así son los tiempos, o de que es falso que el Centro Histórico esté vaciándose de sus habitués, convoque, lidere, a todos quienes han diagnosticado el problema y encuentren las soluciones a corto, mediano y largo plazo.
Los concejales, las comisiones afines con la problemática, también deben apoderarse del asunto. Para qué esperar más.









