Otro Carnaval que se va

Así es: otro Carnaval que se va, y como manda la tradición, debe despedirse con el mayor jolgorio posible, abundante comida, licor sin preguntas y un desorden cuidadosamente celebrado. Porque el carnaval es, ante todo, la desnudez de la alegría y el legítimo recreo del caos: ese breve paréntesis en el que se suspenden las buenas costumbres, no porque seamos peores personas, sino porque durante el resto del año fingimos ser mejores.

El Carnaval es una fiesta popular que se celebra antes de la Cuaresma y que, al menos por estas tierras, empieza mucho antes del Miércoles de Ceniza. Es una festividad que cada pueblo la acomoda a su manera, según su geografía, su bolsillo y su tolerancia al escándalo. Sin entrar en sesudas disquisiciones antropológicas, lo cierto es que el pueblo disfruta como sabe: soltando emociones, ahogando penas y olvidando que la vida cotidiana es bastante más estricta que el calendario litúrgico.

Hasta hace no mucho, el juego carnavalesco tenía sus ensayos generales en el Pase del Niño, cuando los jóvenes ensayábamos el cortejo chisgueteando a las doncellas con un poco de agua y mucha ilusión. Luego venía la artillería pesada: bombas, polvo, picadillo, serpentinas, anilinas, huevos, manteca y cualquier otra sustancia que, por su naturaleza o viscosidad, pudiera lanzarse sin remordimiento.

La música sonaba en todas partes, el licor corría como en las bodas de Caná y la comida no se escogía: se engullía. El caos era norma, el desorden virtud y la prudencia una mala palabra. Los resultados, como era previsible, se hacían visibles en noviembre, cuando aparecían los frutos de tanta devoción carnal. Aun así, y pese a todo, el Carnaval era hermoso: con poco dinero se jugaba, se bailaba, se comía y, cuando se podía, se amaba.

A los dioses del Olimpo (Baco, Afrodita, Hestia y Cupido) se les rendía culto práctico y sin intermediarios. La esencia del Carnaval es el CAOS, la crisis, el trastorno necesario para luego, con la ceniza en la frente y la culpa bien distribuida, volvamos dócilmente al COSMOS, al orden, a la fila y al silencio. Así funciona la vida: del exceso a la penitencia, del desorden a la resignación.

Bien haríamos en volver a nuestras costumbres, sin dejarnos “aculturizar” por prácticas importadas que vienen con manual, patrocinador y selfie incluido. Lo nuestro es más auténtico que lo ajeno, recordando eso sí que, medio del desmadre, la cordura y el respeto por el otro nunca han sido enemigos de la alegría… solo de la estupidez. (O)

Dr. Edgar Pesántez

Dr. Edgar Pesántez

Médico-Cirujano. Licenciatura en Ciencias de la Información y Comunicación Social y en Lengua y Literatura. Maestría en Educomunicación y Estudios Culturales y doctorado en Estudios Latinoamericanos.