Y de pronto, un día vemos por primera vez la luz; y junto con ella, nuestros pulmones sienten el aire frío terrenal. Y de pronto, por primera vez, alguien nos recibe en sus brazos y percibimos el roce cálido de una piel. Y de pronto descubrimos un deseo innato de gritar, de anunciar que hemos llegado.
Y de pronto, un día queremos buscar esa independencia que nos lleve a cualquier lado, y comenzamos a soltarnos de aquellas manos que nos cobijan. Y de pronto, un día se convierte en el último en que un padre o una madre nos tuvo en brazos, y empezamos a marcar nuestro propio camino.
Y de pronto aprendemos a caminar con libertad y, junto a ellos, intentamos expresar nuestras ideas y deseos. Y de pronto dejamos atrás el mundo de colores de los primeros años e iniciamos el camino escolar. Y de pronto renegamos de la escuela, sin comprender que se trataba de un espacio perfecto y efímero de la infancia.
Y de pronto los problemas ya no son una rodilla lastimada o un capricho no concedido, y comenzamos a entender lo que significa vivir con responsabilidades y madurez. Y de pronto nos levantamos temprano para iniciar el mundo del trabajo. Y de pronto somos nosotros quienes sostenemos en brazos a un nuevo ser, y recordamos, borrosamente, lo que alguna vez fuimos.
Y de pronto acompañamos despedidas que nos recuerdan cuán fugaz ha sido el tiempo. Y de pronto nos descubrimos solos con nuestros pensamientos, viviendo momentos que antes temíamos, esperando que llegara el mañana. Y de pronto queremos volver a los espacios que tuvimos, sin advertir que el presente también es un regalo.
Y de pronto, un día, daremos nuestra última exhalación y comprenderemos lo evidente: El ahora es irreversible. (O)








