En no pocos círculos sociales y culturales, esto es, en aquellos donde aún se privilegian la ponderación y el argumento antes que el grito, existe una preocupación creciente sobre la realidad profesional del periodismo y de las academias que lo forman parece hoy condicionada, cuando no secuestrada, por poderes políticos, económicos e incluso por las tentaciones del Estado, a través de prebendas, concesiones y favores que erosionan la independencia.
En el siglo XX, la maquinaria propagandística a través del periodismo alcanzó niveles sistemáticos bajo figuras como J. Goebbels, quien convirtió la comunicación en instrumento de manipulación masiva desde el Estado. Paralelamente en las academias y redacciones se fueron consolidando principios éticos, morales y deontológicos que aspiraban a elevar la profesión a un servicio honesto a la sociedad.
El problema no es la existencia de ideologías necesarias en toda sociedad, sino la subordinación de la información a intereses inconfesables. Cuando el periodismo se convierte en negocio opaco, cuando se mimetiza con estructuras del crimen organizado o con redes de financiamiento oscuro, deja de ser mediador social para transformarse en encubridor.
Las redes sociales han democratizado la emisión de mensajes, pero también han diluido los filtros de verificación. Periodistas formados en aulas universitarias comparten escenario con millones de improvisados comunicadores. El resultado es un ecosistema saturado, donde la inmediatez desplaza al rigor y el algoritmo reemplaza al criterio editorial. En ese terreno fértil prosperan intereses políticos, económicos y criminales que encuentran en la confusión un aliado estratégico.
Una parte del periodismo actual opera por trincheras: alineado, financiado o seducido por poderes que exigen lealtades. El mercado intervenido no sólo comercia bienes materiales; también trafica ideologías, reputaciones y silencios. Se compran tendencias, se alquilan opiniones y se manufacturan escándalos. En esta dinámica, algunos comunicadores e influencers, terminan convertidos en operadores de propaganda.
Persisten periodistas valientes que investigan, contrastan y publican aún bajo amenaza, honrando la tradición crítica que dio sentido a este oficio. Pero la percepción social de la profesión se ha erosionado de manera preocupante., y ello debería alarmar a las facultades de comunicación y a los propios medios, si es que unos y otros no han sido ya permeados por el mismo fenómeno que dicen combatir.
El periodismo de hoy no es necesariamente peor que el de antaño; la manipulación siempre ha existido. Lo que sí parece evidente es una pérdida de rigor de noticias, reportajes y opiniones. La presión política, la dependencia económica y la infiltración de capitales ilícitos han mediatizado el ejercicio profesional. (O)









