Es cierto que muchos jóvenes crecen hoy con una sensación incómoda: la de que el esfuerzo no siempre recibe la recompensa esperada. Esa percepción no nace de la nada, sino de experiencias reales que generan dudas sobre el ascenso social. Sin embargo, reconocer esa tensión no implica rendirse al pesimismo, sino entender que estamos frente a un desafío colectivo que aún puede corregirse.
El mérito no ha desaparecido; lo que ocurre es que compite con sistemas imperfectos, con oportunidades desiguales y con prácticas que deben revisarse. Aun así, sigue siendo una de las pocas herramientas que permiten sostener proyectos personales a largo plazo. La educación, la constancia y el compromiso continúan marcando diferencias, aunque no siempre de forma inmediata ni visible.
El mensaje hacia los jóvenes no debería ser que el esfuerzo no vale la pena, sino que el camino no es lineal y que los resultados requieren, además del mérito individual, instituciones más justas y entornos que sepan reconocerlo. Cuando una sociedad apuesta por mejorar sus procesos, transparentar sus decisiones y valorar el talento, el mérito vuelve a ocupar el lugar que merece.
Más que lamentar lo que no funciona, es momento de reforzar lo que sí: la idea de que prepararse, actuar con ética y perseverar sigue siendo una inversión válida. Recuperar la confianza en el mérito no es ingenuidad; es una forma responsable de construir futuro, uno donde el esfuerzo encuentre sentido y donde el progreso sea posible para más personas. (O)








