No suena descabellado, porque todos en su mayoría lo hacemos. Dentro de la Asamblea Nacional, que festeja el Día del Quesillo, se ha presentado una propuesta para que los presos camellen y así subvencionen su estadía en los centros por su mal comportamiento. ¡Posi!
La idea es maravillosa. La celebro. Pero, pero, pero… Seamos realistas con la realidad actual. En los cacheos que hacen las fuerzas del orden encuentran metralletas, granadas y fusiles. Un arsenal armamentístico igual o similar al que se está usando en la guerra de Medio Oriente. Ya solo les falta instalar la Cúpula de Hierro, como en Israel.
Yo no soy experto en seguridad carcelaria. Pero uno se puede imaginar lo que pasaría si las herramientas de un taller de carpintería llegan a manos de sanguinarios, como esos que decapitaron a otros presos e incluso les arrancaron los corazones. Ojalá nunca se repitan esas terribles imágenes que dejaban perplejo hasta al más insensible.
O sea, hay que apoyar esas iniciativas. Creo que un proceso de rehabilitación social debe acompañarse de programas que brinden herramientas para que las personas privadas de la libertad puedan reincorporarse a las actividades económicas luego de cumplir sus años de condena. Recuerdo que hace años había un programa radial llamado Voces del Alma, dirigido por presos de Cuenca. Qué alhajo era escuchar esas vivencias. Hablaban de una segunda oportunidad.
Siempre surgen las preguntas de los medios. ¿Cómo es que ingresan tantos artículos a las cárceles? Ya pues, esperemos que los controles sean más pepas y se garantice una adecuada reinserción a la sociedad. Eso sí, a los malcriados hay que meterlos al tarro y no dejarlos libres por ciertos jueces o fiscales que se abstienen de acusarlos. (O)






