Un día, como cualesquiera de estos, hace 17 años el río Yanuncay se desbordó inundando, todo, en su descenso y paso por la ciudad y , la avenida Primero de Mayo, entre los puentes de Misicata y el de la Avenida de las Américas, se transformó en otro brazo del río y un gran río que ingresó a la urbanización, “Portón de Sevilla”, llegando hasta el parque interior anegando muchos domicilios(un espectáculo de cojines y peluches flotando), provocando aislamiento total, no se podía ni entrar ni salir y la creciente subía cada vez más.
Esta semana volvimos a vivir una creciente similar, con estruendo, desborde, inundación y caída de eucaliptos. Pese a los trabajos de mitigación realizados, la avenida Primero de Mayo volvió a ser un brazo del río que avanzó inundando aguas abajo hasta los Tres Puentes y frente a la UDA, incluso parte de la avenida Solano; aguas arriba, todo el Biocorredor del Yanuncay que tiene al río como eje vadeado de ancestrales puentes vecinales, playas, jardines, huertas, sembrados, atractivas villas, casas de hacienda, ganaderías, talleres artesanales y restaurantes, sufrió los estragos de su desborde desde Soldados, Sustag, Barabón, Campanahuico y Misicata, llevando a su paso árboles, cercas, partes de la carretera y puentes, vimos cómo se fue el puente de San Juan y cómo las comunidades organizadas actuaron solidariamente para salvar pertenencias, limpiar desagües, rescatar mascotas y ganado que se iba en la corriente; vimos a espontáneos con sus celulares haciendo fotos y videos para las redes. Anecdótico, por decir lo menos, el rescate de “Zeus” y “Morlaca” , caballos atrapados en la isla de Misicata. Y los eucaliptos, de paisaje, sombra y cobijo mutaron a tétricas amenazas para vehículos y transeúntes. Vivimos el cierre de vías y la incertidumbre de movilizarnos.
Seguro que se repetirán crecientes e inundaciones, y cada vez más catastróficas, mientras no se busquen soluciones desde la comprensión de que, más allá de ser un fenómeno climático, depende también de la forma como se maneja el medio ambiente y que, este manejo, debe responder a una política ambiental que involucre a todos los estamentos de planificación urbana, suburbana y rural con la participación de los gobiernos locales y las comunidades que, al final, son las que pagan “los platos rotos”. (O)







