Hay un momento en el que el progreso deja de avanzar y empieza a darse la vuelta sobre sí mismo. Ese momento ocurre cuando algo llega a su extremo, por ejemplo, tenemos más información, pero menos claridad; más conexión, pero más soledad; más libertad para hablar, pero también más censura o autocensura.
Sobre este fenómeno Marshall McLuhan decía que cuando una tecnología se lleva al extremo, sus efectos tienden a invertirse. El automóvil, por ejemplo, prometía velocidad y libertad. Pero cuando las ciudades se llenaron de autos, aparecieron los embotellamientos y lo que debía acelerar la vida terminó ralentizándola.
Algo parecido empieza a ocurrir con el mundo digital. El teórico de medios Andrey Mir llama a este fenómeno “la reversión digital”, y plantea que cuando un sistema alcanza sus límites, ya sea de velocidad, alcance o saturación, comienza a producir el efecto contrario al que prometía.
Así, la abundancia de medios se convierte en ruido, el exceso de noticias produce fatiga informativa y muchas personas simplemente dejan de leerlas. Incluso la libertad de expresión digital, que comenzó como una expansión extraordinaria de la voz pública, a veces termina generando el fenómeno contrario: hostilidad, manipulación o presión social que conduce a nuevas formas de censura.
Nada de esto significa que la tecnología sea mala. Significa que hemos llevado el sistema tan lejos que empieza a mostrar sus efectos secundarios. La historia está llena de ejemplos similares.
Durante siglos, el problema de la humanidad fue la escasez de conocimiento. Hoy empezamos a descubrir que la abundancia de información también tiene sus riesgos. Cuando todo está disponible, elegir se vuelve más difícil, y más aún reconocer lo verdadero de lo falso. (O)
@ceciliaugalde





