Las condiciones de la vida son cada vez más duras y difíciles. A los ojos de filósofos como Berardi, la vida en los próximos años será horrible. Pese al discurso del progreso de la humanidad, no estamos mejorando en nada, al contrario, las condiciones de vida empeoran y no hay una alternativa política que pueda cambiar eso. De hecho, no hay alternativa. Los intentos de cambiar el mundo, que una vez estuvieron inspirados en alcanzar mejores días para todos, o fracasaron en las fiebres totalitarias, o se desvanecieron en los imperativos utilitarios y las urgencias del sostenimiento de la vida. Y en esa priorización se gestó otro fenómeno que todavía debe ser mejor analizado, la funcionalización de la existencia. Ya no deseamos una sociedad mejor. Los que están peor solo desean poder sobrevivir. Los que están mejor solo desean asegurar su forma de vida, y eso se hace de una única manera: obedeciendo el mandato de la utilidad, que, en los términos del capitalismo contemporáneo, debe leerse como ser productivo. Los viejos que ya no son productivos, son desechados y olvidados. Los jóvenes se preparan solo, y exclusivamente solo, para ser productivos. Los humanos se metamorfosean en herramientas, y pasan a ser medios, siempre prescindibles y nunca indispensables. Nuestros actos tienen sentido en la medida de su monetización, como característica de su utilidad productiva. Qué importa que en las redes se produzca basura mediática si con eso se logra acaparar las miradas y se genera réditos. La ética también pasa a ser un subproducto de la lógica del mercado, regulada por su mano invisible. Un acto es bueno si es conveniente con la lógica de la utilidad. Lo irónico es que, en este escenario, la vida feliz sería cualquier vida que nos saque de la vida que efectivamente vivimos. (O)





