El trabajo poético amerita una fuerte dosis de paciencia, y más aún de rigurosidad. No se trata tan solo de simplificar el llamado de las musas para atender una cuestionada inspiración divina. Esto, va más allá de eso. Exige de constancia en lo que se pretende expresar. Un trajinar permanente con autores diversos, con tendencias variadas, con maneras múltiples de apropiación lírica.
El poeta sabe que su labor es profundamente comprometida con el uso adecuado de las palabras. Y que éstas tienen su origen a partir de la experiencia diaria con los hechos particulares, con los sentires íntimos. El esbozo textual nunca será fortuito, ya que hay un punto de partida que lo determina el propio autor(a). ¿Qué quiero decir en el poema? ¿Cuáles son las aristas que provocan el desarrollo estrófico? ¿cuál va a ser el impacto lector tras la hechura del artefacto escritural?
El poeta no escribe para agradar a los otros, o para agradarse a así mismo. Lo hace porque tiene una necesidad interna que provoca un placer indescriptible por delinear líneas profanas cuya génesis es el sinsentido, el esplendor de lo inexplicable. ¿Queremos buscar un significado lógico al poema, que por sí solo navega en las aguas convulsas de la interpretación subjetiva?
El poeta es un hacedor de versos tras su mirada peculiar impactado ante un fenómeno puntual; estremecimiento del corazón y las arterias, ya que el vate se desgarra con el verbo, confecciona versos que tienen la avidez del recién nacido o la impronta de los años vencidos por el tiempo.
Cada 21 de marzo, la UNESCO declara Día Mundial de la Poesía. Desde la inmensidad de este hermoso oficio hay que reiterar que los versos se revelan en el receptor con la pretensión transformadora. En el poema encontramos la huella del hombre-poeta, quien muta con la transparencia de las aguas cristalinas a lo largo del tiempo y del espacio, a través de su acto creativo. (O)






