El pueblo católico de Ecuador vive en estos días los misterios del epílogo de la presencia física de Jesús en esta tierra. Son horas propicias para jornadas de introspección, es decir, para mirar con calma muy hacia dentro, para examinar nuestra conciencia, para arrepentirnos por errores cometidos.
Someto al examen personal de ustedes, amigos de El Mercurio, unos renglones que contienen aseveraciones mías, muy fuertes, referentes a nuestro modo de ser, a costumbres nada plausibles, y, de manera especial a la desfachatez campante a todo nivel, tanto en lo personal como en acciones institucionales.
“Sin vergüenza” son dos términos que describen una misma y triste realidad: entidades o personas que hacen de la falsedad su norma y que perdieron la vergüenza; que nunca analizan sus procedimientos porque los juzgan pertinentes; que elogian todo obrar lucrativo ajeno, aunque reñido con cánones éticos.
Se ha perdido el respeto a la comunidad. Las leyes de nada sirven para modelar procedimientos. La vía pública se ha convertido en el mejor escenario para constatar la inobservancia de las leyes. Bien se puede aseverar: “Dime cuál es el comportamiento ciudadano frente a los mandatos legales dispuestos para el tránsito vehicular y te diré qué clase de ciudadanos tiene una nación”.
Salinas, en la provincia de Santa Elena, tiene escenarios para demostrar que las leyes se hicieron para otros, no para nosotros. En ocasiones me pregunto por qué y para qué se hacen ciertas obras, entre ellas obras públicas, si no se las concluye como es debido antes de abrirlas al público.
Desde hace pocos meses una hermosa vía asfaltada une Santa Rosa con La Libertad; son pocos kilómetros convertidos, entre otras cosas, en autopista para motos y automotores pequeños; es un concurso diario de velocidad, zumbidos de pitos y aceleradores que han cambiado un ambiente tranquilo en una zona peligrosa durante las veinticuatro horas de cada jornada.
No cabe jugar con la vida, señor alcalde. Su entusiasmo por hacer realidad este ramal en una zona abandonada por otras administraciones debe traernos, entre otros beneficios, una alta dosis de seguridad. Sugiero cerrar la vía por un par de semanas hasta conseguir que se la equipe con todos los recursos que la ley exige.
Nuestras vidas peligran. Los adelantos que una administración propicia jamás deben poner en riesgo la vida. Es un pedido “para ayer”, señor burgomaestre. (O)








