Son las 06:20 de un lunes de marzo. Y ni bien abro el ojo, acaso por instinto o por un mal hábito adquirido en el devenir de la revolución digital, empiezo el compulsivo ejercicio cotidiano del “doomscrolling”: desplazarse por las redes sociales y consumir contenido de manera voraz, sin empacho y con algo de búsqueda inconsciente también de dopamina barata para arrancar la jornada.
Al cabo de unos minutos ya me siento abrumado tras devorar una oleada de malas noticias que, en definitiva, reflejan la realidad del sombrío estado actual del maravilloso mundo que habitamos, pero que todos, de alguna manera, lo estamos destruyendo de forma progresiva.
Cinco escenarios y un apocalípsis informativo
El apocalipsis informativo que inexorablemente ha activado mi hipervigilancia ha sido más o menos así:
Escena 1: La infraestructura del régimen iraní en Teherán ardiendo en llamas (…) Al menos 168 muertos en la escuela de Shajareh Tayyebeh, en Minab, al sur de Irán, la mayoría de los cuales fueron niñas de primaria, inocentes y víctimas de los afanes imperialistas y expansionistas de Donald Trump.
Escena 2: El creciente cruce de balas entre miembros de bandas criminales en barrios de Cuenca, con un saldo de 11 muertes violentas en menos de tres meses del 2026, lo que supone, ni bien ha terminado el primer trimestre del año, que se ha superado ya más de la mitad de muertes violentas del 2025.
Escena 3: Un post lúgubre sobre el saldo de detenidos durante la madrugada en el ámbito del toque de queda focalizado en las provincias de Guayas, Los Ríos, El Oro y Santo Domingo. Mientras veo también que los sicarios, muy calculadores ellos, desaparecieron a puro plomo la vida de un sujeto media hora antes del inicio del toque de queda, las notificaciones de mi teléfono empiezan a irrumpir como una ráfaga de balas. Mi hipervigilancia se ha activado dramáticamente en tanto sigo en la cama envenenando mis neuronas.
Escena 4: Palestina en la ruina, su gente consumida por la hambruna y el olvido de la comunidad internacional luego de haber retirado la mirada de esta catástrofe para dirigirla al conflicto yankee-israelita-iraní.
Escena 5: Al rato veo a Aquiles Álvarez, el alcalde de Guayaquil, rapado, despojado de su Biblia y encerrado en la cárcel de El Encuentro en prisión preventiva por un presunto caso de contrabando de combustibles subsidiados.
Y antes de parar la mano y disponerme a agradecer por el nuevo día -lo que sí genera una verdadera actividad agradable en la dopamina, la serotonina y la oxitocina-, asoma un anuncio de los miles que hay todos los días sobre servicios psiquiátricos online de salud mental: “La ansiedad y el miedo no son estados inamovibles, escríbenos por el DM”.
El vertiginoso ritmo de la vida cotidiana

La oleada de “bad news” se ha sumado al ya vertiginoso ritmo de la vida cotidiana, abonando a la ansiedad de una sociedad que se sabe insegura en las calles, carente de oportunidades laborales, con sueldos que no llegan a fin de mes, aquejada por una pandemia de problemas de salud mental agravada tras la pandemia dela COVID-19.
Atisbar que habitamos en la sociedad de la hipervigilancia no se trata de una reflexión o una afirmación extravagante, ni mucho menos. La incertidumbre del presente y el futuro, a causa del deteriorado sistema, ha precarizado profundamente la sensación de sabernos seguros, estables, protegidos, vistos; todo ello magnificado por un mundo atravesado por diversas guerras, la crisis climática, nuevas diásporas en distintas regiones, justamente porque el mundo ya no es, en lo absoluto, un lugar seguro y predecible para la especie humana.
La oscuridad de las redes, el afán de ser vistos, la presión y la autopresión exacerbadas por rendir al máximo, el miedo, han dejado de ser asuntos intangibles o de la percepción para convertirse en síntomas que atraviesan el cuerpo hasta ponernos en modo de ansiedad dura, en modo de hipervigilancia.
“Solo una crisis -real o percibida- produce cambios reales”, afirma la periodista canadiense Naomi Klein en sus reflexiones sobre cómo el miedo, la crisis y la manipulación corren el alma en su libro La doctrina del shock: El auge del capitalismo del desastre.
Un estado psicológico de alerta extrema
La Real Academia Española (RAE) define a la hipervigilancia como “un estado psicológico de alerta extrema, tensión y excitación sostenida, caracterizado por una atención excesiva y persistente a posibles amenazas del entorno”.
Sumergirse de manera indiscriminada en las redes sociales puede resultar, a priori, un mecanismo de defensa, una velada forma de dopar la angustia, de mitigar el “malestar de la cultura”, en palabras de Freud, pero no es más que un velado mecanismo de defensa para aplacar la hipervigilancia, la ansiedad y el miedo a no ser suficientes, algo que define a la sociedad de la revolución digital, de la crisis existencial, a la sociedad de los therians, de la IA, en medio de una angustiante e insondable búsqueda de significado.
Sin contar también con que los actores políticos apelan y capitalizan el miedo en la población con narrativas y agendas de comunicación, muchas veces matizadas por “fake news”, para desacreditar a tal rival político, pero en detrimento de la paz mental de la ciudadanía.
El psiquiatra Richard Mollica, de Harvard, sostiene que “el flujo constante de malas noticias activa la amígdala, el centro del miedo y el sistema de alarma”, algo que claramente conduce a un estado de hipervigilancia. “No estamos recibiendo mensajes de esperanza, es todo negatividad”.
Es preciso poner en práctica el arte de la desconexión, de la presencia real consigo mismos, con el otro, con lo divino. Sumergirnos en el amoroso acto del silencio consciente, de la contemplación, la introspección, del arte; configurar una dieta digital y de sobreestimulación que regule nuestro sistema nervioso y nos salve de la hipervigilancia, un estado que mina peligrosamente nuestras emociones, actitudes y reacciones. No siempre somos conscientes de que la reactividad que a veces nos supera tiene mucho que ver con la hipervigilancia.
¿La hiperconectividad nos está causando “infoxicación”?

¿En qué medida el cóctel explosivo del estado actual del mundo, junto a la hiperconectividad, nos está causando “infoxicación”? ¿Qué estamos dispuestos a hacer para sentirnos mejor y sabernos menos hipervigilantes y más presentes en nuestros propios cuerpos y mentes?
Yo, por lo pronto, le haré caso a mi médico: aparcaré el celular en algún rincón sórdido de mi departamento dos horas antes de dormir, apagaré la tele, la música, toda forma de estímulo que sobre. Y en la mañana no abriré el teléfono sin antes meditar, practicar mis ejercicios de respiración, caminar al menos 20 minutos y, una vez regulado el sistema nervioso, abrir ese dispositivo tan nocivo como necesario, pero ya con herramientas incorporadas ni bien despierte para no dejarme sucumbir ante tanto horror que define el mundo de hoy. (O)
Por. Agustín Reinoso Ormaza
Colaboración para El Mercurio
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