Jerusalén: Entre el Muro Occidental y el Monte de los Olivos


La Vieja Jerusalén no es solo un lugar. Es un punto de encuentro entre lo humano y lo sagrado, donde todo convive… incluso lo que parece imposible.
Construida en piedra caliza, la ciudad amurallada saluda desde lo alto a quien llega con el corazón y la mente abiertos. Jerusalén se divide en cuatro barrios, donde la fe se fragmenta, pero el respeto unifica.
Cristianos, musulmanes, armenios y judíos conviven con sus creencias milenarias sin juzgar al vecino, sin interferir, sin pelear. Así, la Ciudad Santa se convierte en un lugar donde todos encuentran espacio.
En mi primer recorrido, decidí visitar el Muro Occidental, conocido por muchos como Muro de las Lamentaciones. Nos hospedábamos en la Jerusalén moderna, muy cerca de la antigua, así que fuimos caminando.
Sin saber por qué puerta entrar, pregunté a una familia judía que, con amabilidad, nos dijo: “Nosotros vamos para allá, vengan con nosotros”. Nos acompañaron hasta el lugar. Ahí comenzó a revelarse lo que Jerusalén es: una ciudad donde cada quien vive su fe… y respeta
la del otro.
Al salir, rumbo al Monte Sión, volvimos a encontrarlos. Les pregunté por el Santo Sepulcro y el señor respondió, con la misma cordialidad: “No sé de lo que me hablas”. Su respuesta fue, en sí misma, reveladora. Caminar esas calles, entre la penumbra de la tarde, me recordó que
estaba en una de las ciudades más seguras del mundo, pero también en uno de los ejes más conflictivos de la historia.
Al día siguiente salimos muy temprano hacia la Vía Dolorosa, ubicada en el barrio musulmán.
Muchos peregrinos prefieren iniciar el recorrido a esa hora, antes de que el comercio cubra los muros y dificulte encontrar las estaciones. Porque en ese camino, lo sagrado convive con lo cotidiano: alfombras, dulces, joyas, jugo fresco de granada… y hasta puestos de ropa interior
femenina.
Antes de entrar por la Puerta de los Leones, pedimos a un taxista que nos llevara al Monte de los Olivos. La mayoría son musulmanes y, por su cercanía con el turismo, conocen con precisión los lugares cristianos. Con respeto y naturalidad, nos fue señalando cada sitio: Getsemaní, el Valle del Cedrón, el Monte de la Ascensión. Nos dejó en lo alto para contemplar la ciudad, donde hicimos tomas maravillosas. En medio de esa historia milenaria, otro detalle llamaba la atención: casi todos los taxis eran Mercedes-Benz, como si lo antiguo, el lujo y lo moderno hubieran decidido también convivir sin conflicto.
La Vía Dolorosa comenzaba a llenarse con la luz de la mañana. Pasamos por el lugar donde se cree que nació la Virgen María y las piscinas de Bethesda. Y entonces, el contraste: un comerciante musulmán nos ofrecía té de menta mientras nos invitaba a su tienda. Jerusalén no
se acomoda al imaginario religioso. Y ahí radica su esencia.
Por el Camino de la Cruz avanzan distintos tipos de visitantes: quienes rezan, quienes cantan, quienes cargan la cruz, quienes siguen al guía… y quienes simplemente observan. No todos caminan por lo mismo, pero todos caminan juntos.
El recorrido culmina en el Santo Sepulcro, uno de los lugares más sagrados del cristianismo, compartido por distintas tradiciones bajo un mismo techo. Las llaves, curiosamente, permanecen en manos de una familia musulmana desde hace siglos. Jerusalén, una vez más desafiando cualquier lógica simple.
Entre el Cenáculo y la tumba del rey David, entre cantos hebreos y pasos silenciosos, la ciudad se revela en capas. Basta cruzar una puerta para cambiar de historia.
Cuando me tocó dejar la ciudad y verla a lo lejos, sentí una melancolía inesperada, como si no solo me estuviera yendo, sino dejando atrás algo que, sin darme cuenta, también era mío. Tal vez por ser cristiana católica, por haber adoptado un apellido de origen judío… o simplemente
porque hay quienes creen que todos descendemos de alguna tribu de Israel.
Porque hay ciudades que no se visitan… se quedan con una parte de uno. Este recorrido lo hicimos unos meses antes de la reciente guerra. Hoy, al recordarlo, entiendo que también fue un privilegio.

Lcd. Claudia Sagal

Lcd. Claudia Sagal

Periodista de investigación internacional, novelista bilingüe (español–inglés) y conferencista. Ganadora de un premio Emmy y tres reconocimientos UNICEF por su labor en televisión. Ha cubierto historias en América, Europa y Medio Oriente. Actualmente reside en Cuenca y escribe sobre cultura, historia e identidad en diálogo con el mundo.