Asombro

La dinámica actual nos empuja, de formas sutiles y constantes, a estar en el centro de todo. A tener una opinión sobre cada tema, a construir una versión visible de nosotros mismos, a mantenernos presentes, activos, relevantes. Sin darnos cuenta, ese “yo” empieza a ocupar demasiado espacio, no necesariamente por vanidad, sino por inercia.

Dacher Keltner en su libro Awe (Asombro) plantea que hay una emoción que tiene el efecto contrario a esta lógica: el asombro. Pero no en el sentido superficial de la palabra, sino el asombro real, ese que sentimos frente a algo vasto, inesperado o difícil de explicar, ese que nos pone la piel de gallina, nos estremece o incluso nos saca una lágrima.  Ese tiene un efecto curioso, reduce el protagonismo del yo.

Keltner lo llama “el pequeño yo”, y no es una experiencia de insignificancia, sino de proporción. Por un momento dejamos de ser el centro, las preocupaciones se relativizan, la urgencia baja y aparece algo que muchas veces se nos escapa en la vida cotidiana: perspectiva.

Quizás por eso el asombro no es tan frecuente como podría ser. No porque falten motivos para asombrarnos, sino porque estamos demasiado ocupados interpretándolo todo desde nosotros mismos, midiendo, opinando, comparando.

El asombro no pide interpretación inmediata, pide presencia. Y demuestra que una parte del bienestar puede venir de ocupar menos espacio, de no tener siempre algo que decir, de no ser el centro de cada escena.

Keltner demuestra que el asombro reduce el estrés, mejora la salud física y fomenta la conexión social al disminuir el ego. Así es que no se trata de desaparecer ni de minimizarse, sino de recordar que no todo gira en torno a nosotros. Y que, tal vez, basta con dejar más espacio para el asombro. (O)                      

@ceciliaugalde

Dra. Cecilia Ugalde

Dra. Cecilia Ugalde

Comunicadora, doctora en Marketing. Docente e investigadora en la Universidad del Azuay. Ha hecho publicaciones en alfabetización mediática, redes sociales, marca y comportamiento del consumidor.