“Si queréis estudiar a los hombres, no dejéis de frecuentar el trato de los niños”. En cierta ocasión una joven madre se acercó a Sir William a preguntarle, cuándo empieza a educar a su hijo. ¿Qué edad tiene el niño?, pregunto Sir William, dos años contestó la madre; la repuesta fue que ya es demasiado tarde.
La educación del infante debe inculcarse desde el principio, recordando que el hogar es la empresa que produce los mejores frutos, pero sucede que con cierta frecuencia olvidamos esta norma que con el tiempo repercute directamente en la familia y en la sociedad.
Recordemos que hace algún tiempo era una costumbre que la madre se dedique a las labores del hogar, lejos de la función pública que con el tiempo fue desapareciendo, dedicándose a labores fuera del hogar; desde entonces los hijos fueron tomando otro rumbo.
Los Centros Educativos van creciendo, como es obvio, para dar albergue a la niñez ávida de educación, pero esta educación será integral cuando va acompañada por los principios básico que solo la escuela del hogar nos ofrece; descuidar conlleva a tener una niñez y juventud con trastornos emocionales, con adicción a las redes sociales, con adicción a las drogas, al crimen y otros males, convirtiendo una sociedad contaminada.
La esperanza de una sociedad mejor recae en los niños y en los que aún no han nacido. Si miramos la primera páginas declaración sobre la educación uno de los documentos elaborados por el Concilio Vaticano II, encontramos en el número III lo siguiente.
“Puesto que los padres han dado la vida a sus hijos, están obligados a la educación de la prole y, por lo tanto, hay que reconocerlos como los principales y primeros educadores”. (O)









