El gobierno posesionó este lunes al séptimo ministro de Salud Pública en lo que va de su mandato.
Se trata de Jaime Bernabé Erazo quien, tan pronto ser anunciado la semana anterior, fue ampliamente cuestionado.
Carente de autocrítica y de repetir nombres, el régimen impone su parecer. Es el que decide, el que se hace responsable, sobre lo cual deberá rendir cuentas.
Ningún ministro ha durado un año al frente de una cartera de Estado compleja, casi, casi que sin un norte; sin una política clara sobre lo que es el sistema de salud; sin un presupuesto en firme, al contrario, reducido, contraviniendo la Constitución.
Como se ha denunciado tantas veces, plagada de corrupción, liderada por mafias que han hecho de la compra de medicinas e insumos un modus operandi indescifrable e infranqueable.
Si estas anomalías, cada una haciendo su propia metástasis, no son subsanadas de raíz, poco o nada podrá hacer Jaime Bernabé Erazo, que no sea convertirse en “otro más de la lista”.
La salud pública es uno de los “puntos flacos” del gobierno. Y así debe de entenderlo. En términos populares, “pierde el año, y de largo”.
No se trata de criticar por criticar. Más bien de que reaccione a tiempo.
Un gobierno podrá disimular sus yerros, su incapacidad, menos en el campo de la salud. Si no hay medicinas, atención oportuna y de calidad, insumos, transparencia y agilidad para abastecer a los sanatorios, las evidencias, el dolor humano, las protestas, salen a la luz por sí solas.
El país ya no está para seguir soportando quejas por el pasado, inculpaciones, temores, hasta los desvaríos ante la impotencia y la indecisión.
Se requiere actitud, aptitud también; igual, mano dura para eliminar de raíz el pus de la corrupción.
Ya basta de pedir diagnósticos, de querer copiar modelos, de recorridos inútiles por los hospitales; tampoco de inspecciones sorpresa que solo han servido para asuntos de imagen y para engañar.






