Parece ser que para algunas mentalidades de notoria índole económica, política o militar la preocupación por garantizar y promover la paz de las naciones como pondera la Declaración Universal de los Derechos Humanos y su misma Carta constitutiva es de poca o ninguna importancia luego de más de setenta años de vigencia dada la nefasta experiencias del proceso de la comunidad mundial rasgada por los avatares de graves conflictos bélicos con la estrategia subyacente de armarse para garantizar la paz, en un absurdo modelo de invertir esfuerzos científicos y tecnológicos cifrados en millardos de dólares de inversión armamentista y termonuclear.
Al dar lectura al Capítulo I de los propósito y principios las Naciones Unidas con claridad meridiana se encuentra uno fundamental: “Fomentar entre las naciones relaciones de amistad basadas en el respeto al principio de la igualdad de derechos y al de la libre determinación de los pueblos, y a tomar medidas adecuadas para fortalecer la paz universal” ejecutando programas de cooperación internacional para la solución de sus problemas en orden al desarrollo y respeto a los derechos humanos dentro de la ley y la justicia precisando la necesidad del trabajo, la inversión productiva y la salud integral en el marco del desarrollo y seguridad social.
Al respeto luego de la hecatombe de la segunda guerra mundial, los focos de expansión geopolítica son una reproducción macabra de los planes de dominio mundial con incidencia genocida, mafias de por medio, que nos advierte la necesidad de rescatar el valor de vivir en paz, por eso tiene pleno sentido la norma que dice: “Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona” con la ejecución consciente del respeto a la Ley y los principios éticos, en cuyo contexto como nunca antes la voz del Papa León XIV es un clamor directo por la PAZ que resuena en la conciencia de la humanidad. (O)


