No solamente debe ocurrir en Cuenca. Pero tampoco es un consuelo.
Los medios de comunicación, las redes sociales, como nunca antes, se han convertido en muros de quejas, de denuncias, hasta de reproches y de sentencias.
A través de ellos, no hay día en que la ciudadanía no se queje del maltrato en los buses de transporte urbano. Que el chofer es maleducado, que no respeta las paradas, peor a los mayores de edad; que conduce a contrarreloj.
En contrapartida, esos transportistas, los dirigentes de las empresas, también se quejan de los usuarios: rayan los asientos, no ceden los asientos a los mayores, ingresan con comidas, bebidas y mascotas; tampoco los respetan si les llaman la atención.
O que los taxistas han alterado los taxímetros. Que hay conductores que parquean sus vehículos donde está prohibido.
Esa es, en parte, la ciudad que vibra, la que refleja lo que hacen los ciudadanos, sobre sus modales, buenos y malos; su disciplina y conducta, sus relaciones humanas, su modo de convivir en la diversidad.
Y es en esos ámbitos donde las cosas no andan bien. Al contrario, se agravan.
Qué sería para algunos conductores si a sus vehículos se les quitara las bocinas; si mediante Inteligencia Artificial se los controlara cuando, mientras manejan o llegan a su semáforo, están con el celular en la mano, chateando, llamando, respondiendo; con su perro al volante, o abriéndose paso como puedan, amén de su vocabulario y gestos.
No hay día en que las quejas no se relacionen con esa condenable actitud ciudadana de echar basura a la calle, de no respetar los horarios de recolección; la de beber licor en los espacios públicos; la de no recoger los deshechos de sus mascotas; o la de cruzar las calles donde se les antoje.
Una ciudad como Cuenca, a más de su belleza arquitectónica, paisajística, de su rica historia y tradiciones, también la hacen los buenos ciudadanos; y parte de serlo, comienza por la educación.






