La inseguridad y la barbarie, ¿ya van de la mano en el Ecuador?
Chordeleg, cantón azuayo donde prima la joyería y el turismo, este jueves 28 de mayo de 2026, vivió, acaso, sus horas más dramáticas.
Cuatro delincuentes llegaron en dos motocicletas, dispuestos a asaltar una joyería. Lo hicieron a la luz del día. Esto habla mucho de la ola criminal que empuja al país al abismo, pese al trabajo policial y militar por evitarlo.
Durante la acción, las balas mataron al dueño del local. Uno de los malhechores fue detenido por la policía, pero la muchedumbre lo “arranchó”, propinándole una golpiza, causándole la muerte inmediata.
Otro delincuente, asimismo detenido, se libró de ser victimado por el populacho enardecido.
Nadie puede privar la vida de nadie, ni siquiera a un delincuente, así sea detenido en robo flagrante o haya asesinado a la víctima del asalto.
Para eso están las leyes; en suma, la Justicia. Con mayor razón si, se supone, se vive en un estado de derecho.
Pero lo ocurrido en Chordeleg demostraría que la ciudadanía está cansada, desprotegida, que no confía en la Justicia; que, en un momento de ira y ofuscación, se decide y actúa llegando al extremo: dar muerte “por mano propia” a un delincuente, que bien pudieron ser dos.
En este caso, sin ser el único en el Ecuador, es sintomático que a través de las redes sociales sean más las aprobaciones a la acción del populacho que las de reprobación.
Esto revelaría cierto grado de desprecio por la vida ajena, como la de quienes delinquen, bajo el argumento de que ellos tampoco respetan la de sus víctimas, que hasta asesinan “por si acaso” o dan bala a diestra y siniestra.
Chordeleg se siente desprotegido. La delincuencia siempre está al acecho; es más, proviene de otros lados. Está de luto. Exige seguridad, no con palabras, sí con hechos.
El desenlace fatal debe ser evaluado en su real dimensión.









