Alejados de los dos centros hegemónicos del poder político y económico; de la cobertura de los “grandes” medios de comunicación, cuyas agendas las dominan las noticias relacionadas al crimen organizado y la farándula, las poblaciones del sur del Ecuador que limitan con el norte del Perú viven su propio drama.
Por razones de seguridad nacional, tiempo atrás el Gobierno restringió el tránsito internacional autorizado por el puente internacional Huaquillas, donde se concentra todo el control migratorio y comercial.
Los demás pasos y cruces internacionales como Macará y Zapotillo permanecen cerrados.
Según el Gobierno esa medida permitirá controlar el tráfico de armas, de drogas, de la minería ilegal, contando con el apoyo del Ejército del Perú. ¿Lo ha logrado?
Portales digitales creados en esas regiones sureñas, cartas enviadas a los medios impresos por parte de la ciudadana, reclamos y peticiones de alcaldes, demuestran el grado de desesperación de la gente, escúchese bien, de la gente.
Esa gente, en su gran mayoría vive del comercio informal transfronterizo, comparten familia con sus pares del Perú, necesitan visitarse, compartir.
No se puede ser indiferente al ver cómo locales de ventas de comidas, de refrescos, de frituras, los estibadores, los restaurantes, los hostales, viven una penuria desesperante. “Dan ganas de irse a otro lado”, expresan con desaliento sus dueños.
Y, como bien lo advierten, aquellos delitos pueden seguir ocurriendo a través de pasos clandestinos, que son bastantes, además; contando, incluso, con la complicidad de supuestos controladores.
Es momento de que el Gobierno evalué los resultados. ¿En qué ha incidido el cierre de ese lado de la frontera si la inseguridad sigue imparable, por más que se “juegue” con las estadísticas?
No porque al ratón se le tapa el hueco de entrada no busca otros. Con mayor razón si conoce el camino, si tiene cómplices.








