Vender dulces y regalar dulzura

Junio se despide con uno de esos sabores que no se olvidan.

El Corpus Christi acaba de pasar en Cuenca. Y como cada año, dejó algo más que procesiones y altares. Dejó también encuentros, risas… y esa mezcla tan particular entre la fe y el azúcar que, por unos días, transforma el corazón de la ciudad.

Porque el Corpus no es solo una celebración religiosa. Es también una fiesta de tradición… y, para muchos, una tentación inevitable.

Pero hay algo más que tal vez a veces pasamos por alto. Que detrás de cada dulce, hay una historia. Y algunas de esas historias no se hicieron solas, sino se hicieron a fuerza de insistir. De equivocarse y sobre todo, de no rendirse.

Como la de doña Rosita Orellana, quien tiene sesenta años elaborando dulces. Sesenta años de fuego, de paciencia, de manos que aprenden… y vuelven a intentar. Pero no siempre supo hacerlo.

Rosita comenzó a los dieciséis años, sin que nadie en su familia le enseñara. Fue una inquietud propia, una curiosidad que la llevó a probar suerte en un oficio que no conocía.

Y falló. Más de una vez.

Se ríe cuando me lo cuenta. Dice que al principio todo le salía mal. Los dulces se le quemaban, no cuajaban, no le salía ni una cocada. Pero lo que sí le salía bien, era la perseverancia.

Porque hay quienes, cuando algo no resulta, se detienen. Y hay quienes… vuelven a intentar.

Me cuenta que fue cerca de los veinte años cuando encontró a una vecina que hacía buenos dulces y con ilusión, le pidió que le enseñara. Así, con paciencia, con tiempo, con ganas de aprender, Rosita empezó a entender el oficio.

Sus primeros dulces de piña marcaron el inicio de una historia que no se detendría. Dulcecitos que aún prepara, sabiendo que fueron los que marcaron su camino.

Con los años, levantó su puesto.

Ahí, donde la encontré. Al lado de un árbol que ella llama su fiel compañero, su segunda casa. Un árbol de corteza viva, marcado por el tiempo, que ha sido testigo silencioso de su constancia. Ese árbol, en la acera de la catedral vieja de Cuenca, frente al Parque Calderón, donde Rosita ha visto pasar celebraciones, cambios en la ciudad… y la vida misma.

Ese árbol que ha sido testigo de que Rosita se quedó.

Hoy, a sus edad, sigue siendo el sostén de su hogar. Su esposo, de 86 años, ya no la acompaña en el trabajo. “Se cansaría de estar sentadito”, dice con una sonrisa. Pero su presencia está en todo. Antes de salir, le deja listo el desayuno. Al mediodía regresa a casa para darle el almuerzo. Y al final del día, vuelve a la cocina para prepararle la cena.

Porque hay formas de amar que no hacen ruido. Y la suya… es una de ellas.

Cuando le pregunto si le gusta lo que hace, responde sin dudar. “Me encanta”. Sobre todo cuando ve a las personas disfrutar sus dulces. Y ahí está la clave.

Porque Rosita no solo vende dulces. Regala dulzura.

Regala ese momento en que alguien prueba algo y sonríe. Regala memoria. Regala continuidad. Me contó su historia con entusiasmo, y, cuando le pedí una fotografía, posó con una sonrisa.

Una sonrisa dulce. Tan dulce como todo lo que ha construido con sus manos.

Esta conversación ocurrió en los días previos al Domingo de Corpus Christi. En la imagen, Rosita aparece en el puesto que se le asigna para esta celebración. Durante el resto del año, su espacio es más sencillo, con menos variedad… pero con la misma esencia.

Y tal vez ahí está lo verdaderamente importante. Que las tradiciones no se sostienen solas. Se sostienen en personas que no se rinden. En quienes, aunque se les queme todo al principio… siguen.

En quienes aprenden, insisten… y se quedan. Como Rosita. Como ese árbol que la acompaña.

Y mientras haya manos así… siempre habrá dulzura en Cuenca.

Lcd. Claudia Sagal

Lcd. Claudia Sagal

Periodista de investigación internacional, novelista bilingüe (español–inglés) y conferencista. Ganadora de un premio Emmy y tres reconocimientos UNICEF por su labor en televisión. Ha cubierto historias en América, Europa y Medio Oriente. Actualmente reside en Cuenca y escribe sobre cultura, historia e identidad en diálogo con el mundo.