Sería excelente. De otro mundo. Digno de realismo mágico. Democrático. ¿Qué? Que sean las Ciudades las que escojan a sus alcaldes. No quienes las habitan, si bien escogiendo de entre los que las habitan.
Quiero decir, que las ciudades se transformen en seres humanos; y entre tantos seres humanos que dicen habitarlas hagan ese milagro político.
Ellas, las Ciudades, que nacieron quién sabe hacía cuántos años, siglos; que jamás se imaginaron ser lo que ahora son; o que han sido convertidas en casi todo, menos en ciudades de verdad; que experimentan transformaciones de fondo y de forma; que crecen y crecen, tanto hacia arriba como hacia los cuatro puntos cardinales, bien podrían dirimir entre los tantos candidatos que se postularán para comandarlas.
Cuán democrático fuera que las Ciudades digan, por ejemplo, este candidato sí, este no; este otro, otra vez; aquél no está preparado, peor este otro que ha salido de la nada; tampoco ese que habla y habla; tampoco el que estuvo callado cuando debió hablar; ni se diga el que se ha empernado en el poder; al caño el que asoma en nombre de otro; con mayor razón ese fulano o ese mengano populachero, pendenciero, regalón, de labia indescifrable, mojigato, pelucón y que no tiene idea de lo que somos ni necesitamos.
Ya viéramos a las Ciudades, con autoridad, enviando a la vereda, al pozo séptico, a tantos candidatos que serán seleccionados por enjambres de clubes electorales.
Es que ellas, que no son solo cemento ni hormigón; no únicamente calles y avenidas, porque también laten, sienten también, hasta sufren, conocen las travesuras, las malas mañas, la dejadez, el silencio cómplice, el ego, la prepotencia, la indecisión, la impavidez para lavarse las manos, “el Turismo” y la gula de tantos y tantos que ya las dirigieron directamente o través de terceros; que, igual, perciben la pestilencia en esos clubes electorales a los que pertenecen aquéllos.
Pongamos que también tienen olfato las Ciudades. Y por tenerlo, olfatean que entre los aspirantes para dirigirlas, entre ellos los ya anunciados y los que cruzan los dedos para serlo, tampoco hay angelitos, a lo mucho aprendices administrativos, cuando no postizos, que no tienen idea de sus problemas, penas y dolores; o huelen que son maniquíes que se prestan para por otros ser vestidos.
Ideal sería que las Ciudades, por sí solas encontrasen a quien sea digno de entregarles el timón de su barca.
Nos liberarían de tener que escoger entre tanto fulano, mengano y perencejo. Ellas también se liberarían. ¡Vaya utopía! (O)









