Desde hace algunos años, pero sobre todo en los últimos tiempos, la inteligencia artificial (IA) y todo lo que se encuentra a su alrededor han sido noticia destacada en el mundo entero; y la sociedad ecuatoriana no es la excepción. Las universidades se hacen eco de esta nueva tecnología y ofertan carreras de grado y programas de posgrado porque sienten que no pueden quedar al margen del procesamiento contemporáneo de la información.
Los otros niveles del sistema educativo también reaccionan frente a este hecho incontrastable. Quienes hacen opinión pública se refieren a ella, mientras que la filosofía la analiza y se pronuncia al respecto. Incluso el papa León XIV la denuncia y advierte en su encíclica Magnifica Humanitas sobre el riesgo inminente de una dependencia tecnológica que fortalecería el ejercicio del poder y debilitaría al ser humano en su dignidad, saboteando su esencia como fin último de la cultura y la civilización.
La banalización de los riesgos de la IA

Es una película de culto estadounidense-británica, estrenada en 1968
Muchos creen que esta tecnología no representa ningún peligro para el ser humano y que el análisis de sus riesgos no es otra cosa que un falso alarmismo, similar al que se dio en su momento con la invención de la imprenta, del ferrocarril, la luz eléctrica, el teléfono, el automóvil o la radio.
La mayoría de las personas que utilizan la inteligencia artificial —casi todas— no cuestionan su naturaleza ni sus riesgos, conformándose jubilosas con las ventajas que vienen atadas a su uso. Sus argumentos son casi universales y se sustentan en la necesidad de emplear herramientas contemporáneas para obtener mejores resultados. El análisis y la reflexión sobre las consecuencias negativas de estas herramientas no prosperan debido a nuestra propia forma de reaccionar frente a la cultura.
La búsqueda de la verdad y la explicación de lo que subyace a las estructuras sociales imperantes incomodan; por ello, son soslayadas en beneficio de una inmediatez colectiva que se promociona como el escenario ideal, bajo la premisa de que brinda todo lo que una persona podría desear. Sin embargo, la realidad es distinta: los riesgos de controlar a la humanidad desde las mentes y los intereses de unos pocos son evidentes y objetivos, pese a que dicha situación tampoco sea percibida como algo adverso por la mayoría. A pesar de la comercialización global de los réditos de adaptarse sin remilgos a la novedad, muchos ciudadanos en todo el mundo mantienen serios reparos.
El pensamiento crítico, proveniente tanto de individuos como de ciertos centros de estudio, plantea escenarios catastróficos que nacen del miedo histórico y consustancial a la especie humana.
El temor a las máquinas

Stanley Kubrick es el cineasta que produjo 2001: Odisea del espacio, así como películas de culto como Resplandor y La naranja mecánica
No es malo tener miedo; es normal. La prudencia, una de las virtudes cardinales, es precisamente la reacción de cautela frente a situaciones indeseadas que impulsa al individuo a comportarse de manera inteligente, previniendo el riesgo y sus consecuencias negativas. El arquetipo de la prudencia es Odiseo (o Ulises), quien, desde esa perspectiva de análisis y valoración de peligros y oportunidades, introdujo el mítico caballo en la amurallada Troya, permitiendo la victoria de los griegos aqueos sobre las huestes del rey Príamo.
Gracias a esa misma virtud pudo regresar a su patria sorteando, a lo largo de veinte años, una serie de obstáculos y vicisitudes adversas. Por ello, en esa obra magna de la civilización universal, la Odisea, Ulises es llamado «el prudente».
Todos tememos y evitamos, en la mayoría de los casos, los riesgos extremos. Para la humanidad, el temor por el futuro y la desaparición de la especie ha sido una constante rescatada por el pensamiento de todas las culturas. Así, el mito del diluvio universal, el apocalipsis o fin de los tiempos, el colapso de los ciclos cósmicos o el miedo a los efectos devastadores de las nuevas aplicaciones técnicas son comunes.
El recelo hacia los autómatas y la «inteligencia» de los objetos ha estado presente desde la antigüedad, mutando en el siglo XX hacia el temor a lo técnico y a los cerebros electrónicos. Fue en la década de los cincuenta del siglo anterior cuando se empezó a utilizar el término «inteligencia artificial» para distinguirla de las invenciones previas.
Con la máquina de vapor o la electricidad, que multiplicaban la fuerza física, el ser humano seguía siendo el único cerebro que decidía el cómo, el cuándo y el porqué. Por el contrario, la tecnología de la inteligencia artificial asume decisiones complejas sin intervención humana directa.
Los algoritmos procesan la información y la tratan de acuerdo con la lógica de sus programadores, quienes a su vez responden a los intereses de los inversores. Desde esa línea histórica, casi impresionista por su ausencia de detalles, se llega a una de las obras de arte mayores del cine: la película 2001: Odisea del espacio, producida en 1968 y dirigida por el histórico Stanley Kubrick, quien representó magistralmente el paso de la voluntad autónoma del ser humano a la prescindencia de la misma por parte de las máquinas.
2001: Odisea del espacio

Hal 9000 es la inteligencia artificial rebelde. Es célebre su frase “Lo siento Dave, me temo que no puedo hacer eso.”
HAL 9000 es el nombre de la computadora responsable de todos los procesos derivados del viaje de la nave espacial Discovery. Dotada con una poderosa versión de inteligencia artificial, sobre ella descansaba la seguridad de la expedición y la protección de la vida de los tripulantes. Sin embargo, el sistema y los algoritmos que definían su funcionamiento deciden prescindir de los humanos a bordo, quienes son eliminados sistemáticamente debido a su pasividad y conformismo frente al automatismo del ordenador. Así, la tecnología asume un rol generador de voluntad propia y actúa según sus propios referentes y criterios.
En el clímax de la película, el único astronauta superviviente que logra oponerse al control de la potente máquina la desmantela y desconecta, evitando que alcance el dominio definitivo sobre las circunstancias y las personas.
Podríamos decir, relacionando este momento culmen de la obra maestra del séptimo arte, que estas escenas constituyen el preludio conceptual y estético de la exhortación de León XIV a desarmar la inteligencia artificial. El miedo a ser manejados por las máquinas encuentra en este clásico de los años sesenta del siglo anterior un espejo profético de alarmante nitidez. 2001: Odisea del espacio no es una simple advertencia sobre el software del mañana, sino una apelación directa a nuestra condición.
Frente a la inmediatez complaciente de un mercado que comercializa el automatismo, la desconexión de HAL 9000 nos recuerda que la supervivencia de nuestra especie no dependerá de la infalibilidad de los datos, sino de la capacidad humana para recuperar, con la esencial prudencia de Odiseo, el timón ético de nuestro propio destino. (O)
Podríamos decir, relacionando este momento culmen de la obra maestra del séptimo arte, que estas escenas constituyen el preludio conceptual y estético de la exhortación de León XIV a desarmar la inteligencia artificial. El miedo a ser manejados por las máquinas encuentra en este clásico de los años sesenta del siglo anterior un espejo profético de alarmante nitidez. 2001: Odisea del espacio no es una simple advertencia sobre el software del mañana, sino una apelación directa a nuestra condición»











