La manera en que los seres humanos desciframos la existencia depende, en gran medida, de nuestra inmersión en los diversos entornos sociales donde nos desenvolvemos. El vínculo con organizaciones de todo tipo, una constante para los profesionales de las más variadas disciplinas, condiciona la cosmovisión que cada individuo estructura.
Por otro lado, quienes ejercen su labor de forma independiente —ya sea en el comercio, el emprendimiento o la agricultura— también se nutren del contexto en el que se desarrollan. Al final, siempre se constata una íntima correspondencia entre el pensamiento ciudadano y el tejido social con el que se interactúa.
Un análisis por separado merece el colectivo de personas que ha cerrado su ciclo en el mercado laboral y hoy transita por la jubilación o el retiro. Esta condición particular está configurada por dinámicas de vida completamente nuevas.

Tras décadas de responder a un empleo formal, este grupo se asienta en un territorio inédito que propicia una lectura mucho más reposada de los acontecimientos. Aquel tiempo que antes se destinaba a las obligaciones corporativas ahora les pertenece por completo, permitiéndoles examinar con detenimiento los sucesos del ámbito local, nacional e internacional.
Esto no significa que la óptica de estos individuos cambie drásticamente respecto al pasado; por lo general, conservan las convicciones de siempre. La verdadera mutación radica en que, al verse liberados de las ataduras organizacionales, disponen de un espacio propio para meditar sobre la existencia global y los fenómenos sociales específicos.
Yo me reconozco dentro de este grupo. Hoy dedico más horas a la lectura, a la escritura y al diálogo; observo el porvenir con la mirada de toda mi vida, pero desde una posición distinta: la de poseer el tiempo necesario para intentar descifrar la complejidad actual y plantear alternativas que aporten al bien común.

En esta etapa de retiro, mis conversaciones con viejos y nuevos amigos han ganado en profundidad. La razón es simple: la mayor parte del día ha dejado de ser absorbida por la subsistencia remunerada, transformándose en un caudal de horas consagradas a lo que decido por voluntad propia.
Ciertamente, la postura de quien opera bajo las directrices de un puesto predeterminado en el sistema difiere sustancialmente de la de aquel que ha salido de esos roles específicos. Este último habita un espacio que, aunque permanece integrado a la estructura de la comunidad, posee lógicas de libertad y autorreflexión radicalmente distintas.
Orígenes e identidad de la escuela
Es desde esta nueva posición que hoy puedo contemplar con mayor nitidez y valorar el legado individual de los habitantes de nuestra región en el devenir cultural, político, económico y social.
Sostengo que existe, con raíces históricas profundas, un fenómeno que legítimamente podemos llamar la escuela del humanismo cuencano. Esta corriente se nutre de los conceptos y ejecutorias de los ciudadanos que compartimos este territorio, moldeados por un entorno geográfico, histórico y cultural muy característico.
Desde este rincón, contribuimos firmemente a consolidar una identidad que se enlaza con los principios más elevados de la civilización: la justicia, el orden, el peso de la tradición, el arraigo territorial, la salvaguarda de la naturaleza, el fomento del deporte, el espíritu emprendedor y la evolución constante, bajo la premisa irrenunciable de preservar la vida en todas sus dimensiones.
Aunque el origen profesional y las trayectorias particulares definen el carácter de cada sujeto, un núcleo identitario de cuencanos sitúa en el centro de sus prioridades estos valores colectivos. Hablo de una inclinación manifiesta hacia un ideal donde comulgan la ética y la estética, gobernado por la viabilidad de la sostenibilidad.
El espíritu de la escuela en la contemporaneidad
El escenario global contemporáneo se presenta convulso: asistimos al desmoronamiento de los lazos comunitarios tradicionales y al avance impositivo de tecnologías disruptivas como la inteligencia artificial. Nos enfrentamos al control de la subjetividad y de los afectos, a la mercantilización absoluta de la experiencia humana y a una carrera desbocada por el beneficio económico. Para asegurar estos fines, el ejercicio de la fuerza se normaliza y se convalida socialmente.
Esta realidad planetaria se reproduce fidedignamente en la nacional y local. Sin embargo, es justamente esta atmósfera de crisis la que detona, como respuesta defensiva, el fortalecimiento de la escuela del humanismo cuencano, impulsado de forma transversal por todos los gremios profesionales y sectores ciudadanos.
Abogados, sociólogos, economistas, historiadores, arquitectos, médicos, odontólogos, antropólogos, periodistas y demás pensadores de la ciudad convergen en causas irrenunciables: la protección de las fuentes de agua, la defensa del ecosistema, la exigencia de equidad social, el rescate del patrimonio material, la conservación del paisaje natural y la vigencia de las letras, la filosofía y el arte.
Las convicciones de estos individuos marchan en perfecta sintonía con la resistencia cívica. No obstante, la historia es un tanto distinta cuando se observa a las instituciones que los cobijan, las cuales suelen verse neutralizadas por las funciones rígidas que desempeñan dentro del statu quo y por su subordinación a directrices políticas o a agendas corporativas de carácter privado.
El humanismo en las instituciones
Quienes forman parte de una entidad pública o privada tienen el imperativo legal y ético de empujar los objetivos de dicha organización. Sería contradictorio que un librepensador pretendiera imponer sus criterios individuales por encima de los fines de la estructura formal que le da empleo. Con todo, la presencia de estos profesionales permea la cultura de los espacios que habitan, aunque trabajen bajo los límites que impone la personalidad jurídica de sus empleadores.
A pesar de este condicionamiento, existen ámbitos concebidos específicamente para albergar el pensamiento sin ataduras. El ejemplo mayor lo constituyen las universidades, diseñadas por antonomasia como los foros más amplios para el ejercicio de la libre expresión, la deliberación ideológica, el diseño de propuestas transformadoras y la impugnación de prácticas que vulneren la democracia, el bienestar general y la sustentabilidad.
La gestión universitaria, comandada por sus líderes, tiene el mandato ineludible de custodiar esta misión crítica. No puede claudicar ante las lógicas de la época, aquellas que pretenden reducir la existencia al mercadeo de relatos ficticios, a los canales de comunicación superficiales y a un mercantilismo feroz que todo lo tasa como un bien transable.
La docencia universitaria tiene que cimentarse sobre la base de la responsabilidad ética y el civismo de sus futuras generaciones. De igual forma, los ejes de investigación y de vinculación con la comunidad deben potenciarse —tal como ocurre actualmente—, pero blindando una saludable distancia frente a sus financistas o aliados estratégicos.
Únicamente esta soberanía institucional facultará a la academia para erigirse en la conciencia crítica de la sociedad frente a un modelo civilizatorio obsesionado con el control técnico, la imposición del poder económico o científico, la erosión del multilateralismo y el abandono del derecho internacional público.












