Los simpatizantes, adláteres, panegíricos o hinchas de la izquierda, suelen hacerse llamar “progresistas”, y claro, les gusta el calificativo porque, a más de tener su cierto atractivo, les hace ver con tendencia al cambio, a la renovación, al mejoramiento, en suma, de las estructuras ideológicas. La derecha, para ellos, representa la tendencia opuesta, es decir, aquella contraria a los cambios, retardataria, estática.
Con estos antecedentes, que no creo se encuentren lejos de las diferencias en la práctica y en la cotidianeidad políticas, ¿cómo les quedaría el ojo a los “zurdos”, luego de las declaraciones emitidas por Daniel Ortega y su copresidenta Doña Charito, asegurando que no habrá elecciones en Nicaragua, por los siglos de los siglos, amén?. Ellos, los “zurdos”, que cada vez y cuando se vanaglorian de ser los líderes de la lucha por los derechos humanos, los adalides de los principios democráticos, los pioneros de la tolerancia y el respeto a las opiniones ajenas, los abanderados de la transparencia, la ponderación y el equilibrio, ¿qué pensarán ahora, cuando uno de sus líderes emblemáticos, uno de sus ejemplos a seguir, uno de los testimonios vivientes del “progresismo”, se lanza semejante perorata, digna, a no dudarlo, de la época de la política cavernaria?
Luego de escuchar a algunos de los dirigentes correistas sus contestaciones a los medios de comunicación cuando son preguntados sobre las perversas aseveraciones de Daniel “el jurásico”, créanme, con toda verdad, me vienen ganas de sugerirles que se tomen una tregua con los medios y eviten asistir a entrevistas o ruedas de prensa donde tengan que explicar la salvajada. En otras palabras, en este tema, como en algunos otros de crítico desenvolvimiento, resulta mucho más sano que se declaren mudos, por aquel sabio asentimiento que “de callados se defienden mejor”.
La trayectoria política de Ortega y su esposa, en los cerca de 20 años que gobiernan Nicaragua y controlan todos los organismos estatales, no es sino una cadena de acontecimientos funestos y antidemocráticos. Tener a esta pareja de tiranos entre los líderes de una tendencia política en Latinoamérica es, llana y sencillamente, una vergüenza histórica. (O)






