Siempre ha llamado la atención el fenómeno de las lágrimas, que se manifiestan en una relación de doble vía: tanto cuando las emociones son de alegría como cuando son de tristeza. Unas personas, más que otras, demuestran mediante las lágrimas una gran sensibilidad o. En cambio, muchas otras no logran exteriorizar sus sentimientos más profundos a través del llanto.
Las lágrimas aparecen con mayor frecuencia ante la muerte de un ser querido, pero también en muchos otros momentos de la vida. Me conmovieron, por ejemplo, las escenas del último Mundial de Fútbol, donde los jugadores no solo dejaron empapado el césped con su sudor, sino además con sus lágrimas, ya fuera por el triunfo o por la derrota. Y mientras ellos expresaban sus emociones en la cancha, desde las graderías o a la distancia, en los televisores, los hinchas y compatriotas también lo derramaban.
Lo que esta vez me interesa es retomar los aportes de la psicología y la neurociencia, que sostienen que, en la mayoría de los casos, las emociones provocan las lágrimas, pero que estas también influyen en las emociones. Es decir, se trata de una relación de doble vía o, si se prefiere, de un fenómeno de retroalimentación propio del ser humano.
Cuando una persona experimenta tristeza, una alegría intensa, nostalgia o una profunda conmoción, el cerebro, a través del hipotálamo y la amígdala, activa el sistema nervioso que estimula las glándulas lacrimales. En este proceso, primero aparece la emoción y luego el llanto.
Se ha demostrado que llorar disminuye la tensión, favorece la regulación emocional y generar una sensación de alivio, especialmente cuando se recibe apoyo o se siente comprendido. De ahí el valor del abrazo, de las palabras de aliento y de la compañía sincera, tanto en la tristeza como en la alegría, porque permiten que la persona recobre poco a poco su serenidad y su equilibro
Las emociones suelen desencadenar las lágrimas y éstas, a su vez, modifican y alivian el estado emocional, ayudando a procesar lo vivido. Por ello, la psicología no considera el llanto como un signo de debilidad, sino como un mecanismo humano de regulación emocional: el organismo busca recuperar su equilibrio después de una experiencia emocional intensa.
Por eso, resulta difícil aceptar la célebre frase que Gardel inmortalizó en el tango «Tomo y obligo»: “¡Fuerza, conejo!, sufra y no llore. Que un hombre macho no debe llorar”. Hoy sabemos que llorar no disminuye la fortaleza; por el contrario, es una de las expresiones auténticas de nuestra humanidad. (O)









