Hace unos días, Anthropic anunció que su modelo de inteligencia artificial, Claude, empezará a dejar una marca de agua invisible en cada texto que genera, algo así como un patrón imperceptible en la elección de las palabras que permitiría verificar si un contenido fue generado o no por un modelo de IA.
La noticia produjo alivio en unos y cierto nerviosismo en quienes llevan tiempo entregando a la IA algo más que la corrección de una coma.
A veces, como profesora, me frustro al encontrar incluso opiniones personales evidentemente generadas por la IA. Si hasta nuestra opinión delegamos, algo se nos está escapando.
Un estudio publicado en Societies encontró que el uso frecuente de IA se relaciona con un menor pensamiento crítico, especialmente cuando conduce a la llamada “descarga cognitiva”, es decir, delegar en la herramienta procesos mentales que antes realizábamos nosotros. Algo similar encontró una investigación en British Journal of Educational Technology: los estudiantes que utilizaron ChatGPT produjeron mejores textos, pero no aprendieron ni transfirieron más conocimiento, un fenómeno que los autores vinculan con la “pereza metacognitiva”. Y un estudio en Science Advances mostró otra paradoja: la IA ayudó especialmente a quienes partían con menor creatividad, pero hizo que las historias producidas fueran más parecidas entre sí. En conjunto, los hallazgos sugieren que el riesgo no está simplemente en usar IA, sino en permitir que sustituya el esfuerzo cognitivo propio.
Rechazar el uso de IA sería ingenuo y, en mi caso, bastante hipócrita, yo misma escribo con su ayuda. Pero una cosa es que nos ayude a pensar y otra que piense en nuestro lugar.
¿Qué estamos dispuestos a dejar de practicar a cambio de un resultado más rápido y más pulido? (O)
@ceciliaugalde





