Vuelo 232 de SAETA: 50 años de la tragedia que terminó en el Chimborazo

Mireya y Francisca Pesántez junto a Felipe Camacho recuerdan a Raquel Samaniego, una de las 59 personas que viajaban en el vuelo 232 de SAETA. Foto: El Mercurio

“Partir es morir un poco…”. Es una de las frases de «Vuelo a las estrellas», el texto que Rafael Pesántez P. escribió para Raquel Samaniego, su esposa, una de las 59 personas que viajaban en el vuelo 232 de SAETA cuando desapareció el 15 de agosto de 1976.

El avión salió de Quito con destino a Cuenca y nunca llegó. Comenzó entonces una espera que se prolongó durante 26 años, hasta que la aeronave fue localizada en 2002, en el Chimborazo, junto con restos humanos y objetos personales de los pasajeros.

El Vickers Viscount de la Sociedad Anónima Ecuatoriana de Transportes Aéreos (SAETA) había despegado las 08:06.

A bordo viajaban cuatro tripulantes y 55 pasajeros. El último contacto radial se produjo a las 08:27, cuando reportó su posición sobre Ambato. Después se perdió la comunicación.

«Aquella mañana el cielo estaba oscuro. Los pilotos saben cómo afrontar esas condiciones», pensaron Mireya y Francisca, hijas de Raquel.

«Pero pasó la hora en que mi madre debía llegar (…) Nos enteramos por la radio de lo que había sucedido”.

Se desplegaron operativos por aire y tierra para intentar localizar la aeronave.

La hipótesis inicial fue que se había estrellado en la cordillera del Condorazo, en Morona Santiago, ubicada a unos 16 kilómetros del Chimborazo.

Ese domingo, la baja visibilidad dificultó los vuelos de reconocimiento. Mientras tanto, grupos de militares y civiles emprendieron el ascenso por tierra en busca de posibles sobrevivientes. Pero fue en vano.

Incertidumbre e hipótesis sobrenaturales

Durante los años siguientes, la falta de noticias dio paso a distintas versiones sobre el destino del avión.

Felipe Camacho, yerno de Rafael Pesántez y Raquel Samaniego, recuerda que se habló de un secuestro, de que el avión había caído a la laguna de Culebrillas e incluso de una supuesta abducción extraterrestre y contactos alienígenas.

Para las familias no había un lugar donde llorar a sus muertos. “Fue una vida sin vida todo ese tiempo”, resume Felipe.

La incertidumbre terminó en octubre de 2002, cuando los andinistas Pablo Chíquiza y Flavio Armas localizaron los restos de un avión a unos 5.550 metros de altura, en el Chimborazo.

Meses después, en febrero de 2003, Miguel Cazar hizo público que había observado restos metálicos y humanos.

La zona estaba cubierta por el glaciar. Las investigaciones posteriores confirmaron que correspondían al vuelo 232 de SAETA.

El lugar del accidente fue declarado camposanto

Por las condiciones de acceso no se recuperaron los cuerpos. El sitio fue declarado camposanto.

Para la familia de Raquel, el hallazgo permitió cerrar esa etapa.

Mireya recuerda que su padre mantuvo durante años la esperanza de que su esposa hubiera sobrevivido. Después de saber donde había quedado el avión, aceptó su muerte.

Rafael Pesántez escribió «Vuelo a las estrellas» antes de conocer ese desenlace.

El texto es un homenaje a su esposa. “¡Cómo no llorar su partida sin certidumbre de retorno!”, relata.

“Lloró desde el día en que Raquel se fue hasta el día en que él se murió”, cuenta Felipe.

La familia también se aferraba a la posibilidad de que hubiera sobrevivido.

Recordaban el caso de los 16 sobrevivientes del vuelo 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya, hallados en diciembre de 1972 tras permanecer 72 días en la cordillera de los Andes.

Pensaron que algo similar podía haber ocurrido y que el avión se había desviado hacia el Oriente ecuatoriano.

“Sabíamos cómo era mamá, valiente, fuerte. Pensábamos que podía estar en alguna parte, que podía salir y que nos avisaran. Esa era la esperanza”, dicen Mireya y Francisca.

Raquel Samaniego, una mujer altruista

Medio siglo después, la familia recuerda a Raquel, cuya vida quedó también registrada fuera de la tragedia.

Tenía unos 50 años y era maestra. Durante la década de 1960 participó en la administración pública del Sígsig y desempeñó una labor altruista en favor de su comunidad.

“Hoy se cumplen 50 años de la desaparición del avión, un recordatorio de la partida de mi madre que nos dejó tantos ejemplos, mujer que siempre supo dar la mano a quien más lo necesitaba”.

Vuelo a las estrellas

Rafael Pesántez P., editorialista de El Mercurio y otros medios de comunicación, escribió «Vuelo a las estrellas» en memoria de su esposa.

A continuación, el texto:

Fosca y desapacible estaba la mañana. Oscuros nubarrones cubrían el horizonte.

En el aeropuerto, el trajín febril de hora de los adioses; sin embargo, en el aire de la mañana taciturna parecía flotar, como el tenue perfume que se evapora de la nostalgia, el eco melancólico de los versos del poeta: “partir es morir un poco…”.

De pronto la orden absurda e incongruente: ”Pasajeros a bordo…”.

Todos se encaminaron presurosos a la nave aciaga. Rugieron las turbinas.

Carreteo la máquina y, tras tomar altura, puso proa hacia el infinito, directamente a las estrellas, hasta perderse en el confín de la lejanía, entre las brumas de la gélida mañana andina.

Sesenta almas se embarcaron allá, exactamente hace un año, con el ansia de llegar presto a los lares queridos.

Acá, entre tanto, decenas de ávidas miradas taladraban en vano la inmensidad del firmamento gris.

La nave volaba…, volaba raudamente hacia las estrellas.

Entre las sesenta personas que tomaron pasaje a la eternidad, se hallaba un ser amado: Era mi esposa, mitad de mi vida, razón de ser de mi existencia.

Mujer admirable, de temple heroico, como aquellas de las cuales hablaba el Sabio Rey en los Proverbios, cuando hacía el elogio inmortal de la mujer fuerte que, siglos más tarde, la elocuencia magistral de Bossuet, traducía en sublime exégesis así:

“se muestra de una grande mansedumbre, muy afable con la familia y muy pronta para acudir con mano liberal al socorro de los necesitados.

Desempeña el oficio de ama y madre, pero con mucha prudencia, solicitud y providencia; porque huyendo de la vanidad, atiende solamente a lo útil y sólido de las cosas.

No solamente manda, sino que enseña, exhorta y amonesta: no salen de su boca sino palabras llenas de sabiduría: nada hace que no sea con la mayor madurez y reflexión”.

Así era ella, así era Raquel, mi compañera fiel de los días azules.

Madre abnegada y amatísima, hermana cariñosa y solicita, amiga leal, toda nobleza, desinterés y sinceridad.

Era, en síntesis, para expresarlo con la escueta elocuencia de la palabra bíblica: “la mujer fuerte, recreo de su marido al que llenará en paz los años de su vida”.

Una mañana luminosa de mayo, la encontré en mi camino.

Al verla, súbita e inesperadamente, como por ensalmo, vinieron a mis labios los versos del cantar de los cantares:

“Qué bella eres amada mía; /Tus ojos son como palomas; /Tus cabellos , como rebaño de cabras que ondulan por las pendientes de Galaad.

/Tu cuello es como torre de David. /Tus pechos, como dos crías mellizas de gacela, que andan pastando entre lirios.

¡Qué bella eres! ¡Me robaste el corazón con una sola mirada tuya!”.

Y un día feliz, el amigo impar que me llevara de la mano al reencuentro del perdido Camino de Damasco -Humberto Esquivel-, nos unió en dulcísimo connubio.

Desde entonces, Ella fue para mí luz, perfume, calor, frescura de sombra, poesía, canción, melodía, esperanza: mi golfo acogedor y tibio en donde morían mis secretas tempestades…

¡Cómo no sentir hoy el alma destrozada ante su súbita ausencia! / ¡cómo no llorar su partida sin certidumbre de retorno!

¡Cómo no evocar con el alma trémula de emoción, su sereno perfil, sus guedejas blondas y sus pupilas verdes, perpetuamente enamoradas de la belleza!

Cuando en giras por el Oriente divisaba una orquídea, no reparaba en peligros hasta hacerla suya.

Hermosas orquídeas del Upano y del Bomboiza cuidada en su casa con amor.

¡Con qué ansiedad inusitada esperaba que brotasen los capullos!

Y brotó uno, justamente la mañana en que ella volaba rumbo a las estrellas, a la hora en que abría sus corolas en mi corazón la rosa negra de la angustia…

Raquel:

Hoy que se ha apagado la luz de tus pupilas esmeraldas y que el sosegado acento de tu voz descansa sin sonido, quiero decirte, dulce compañera de mis días de dicha, que vivirás perdurablemnte en el corazón.

Pasarán las horas. Vendrán otros días.

Y en el vertiginoso sucederse del tiempo que huye como un asombra fugitiva, volarán los años.

Sin embargo, tu estarás siempre viva en la permanencia inmarcesible del recuerdo, porque yo te ecnontraré en todo aquello que tu amabas:

en el perfume de los lirios, en la hermosura de la orquídea,

en la frescura recién nacida del rosicler, en la promesa del fruto en sazón en la sonrisa y la lágrima de tus hijos, en la serena alegría de las mañanitas de mayo

y en los elógicos atardeceres de nuestro Tasqui que tus pupilas nunca más verán…

¡Cierro los ojos y pienso que en el instante del fatídico aletazo, un coro de arcángeles habrá descendido desde el cielo para llevarse entre cánticos y hosannas tu alma blanca y valerosa!

¡Adios, dulce y buena compañera!

Viviste enamorada de la luz y hacia la luz eterna has volado.

Ya estás hoy con tu hijo idolatrado en las estrellas, junto a Dios, augusto e íngrimo, en la grandeza de su misterio inefable:

purificados, esplendorosos, inalcanzables e inmortales,

asomados sonrientes al balcón luminoso del lejano lucero que me alumbra,

en la fría medianoche en que mi desolado corazón les envía estos renglones…!

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Patricia Naula Herembás

Patricia Naula Herembás

Licenciada en Comunicación Social con experiencia en medios tradicionales y digitales. Hace coberturas y redacción de temáticas de emprendimiento, empresarial, sociedad e interculturalidad.