El suceso del Quinto Rio que alude simbólicamente a una movilización ciudadana sin precedentes, ocurrido el martes 16 de septiembre de 2025 debe ser entendido como un momento genuinamente político. Para tener acceso a este fenómeno relativamente reciente, proponemos realizar una lectura desde el pensamiento de la politóloga, -quizá la más importante de occidente-, Hannah Arendt, de la mano de la incomparable maestra, Fina Birulés.
A partir de una postura crítica sobre las categorías existentes para pensar lo político, y de una constatación sobre la insolvencia del pensamiento social tradicional que impide un adecuado abordaje de la experiencia, Arendt plantea responsabilizarnos sobre nuestros propios actos, es decir, teorizar sobre lo que hacemos, a pesar de la contingencia, o más precisamente, pensar la contingencia como la forma de ser de la política, en otras palabras, pensar desde la fragilidad. Pensar es teorizar, y teorizar es rememorar. No podemos inventamos las palabras para designar el mundo, las palabras cristalizan una experiencia, pero la experiencia como tal es siempre una novedad, un nuevo inicio, por eso, es imprescindible acudir a la pregunta que nos ayude a comprender, aunque esta comprensión siempre sea fragmentaria e interminable.
Cuando pensamos, sin embargo, la experiencia desaparece, se nos escapa. Parece que siempre pensamos las cosas que están ausentes. Pero el yo pensante no desaparece y nunca es un yo que surge en el vacío, en la nada. El yo es siempre parte de una pluralidad porque surge en el seno de una comunidad, y su pensamiento esta inexorablemente atravesado por la vida en común con otros. De hecho, la libertad, que es la condición del yo pensante, se forja con y ante los demás. Por eso Arendt dice que la política exige pluralidad, la política es un espacio “entre” los hombres y surge con el uso de la palabra en la esfera pública.
El espacio público siempre es un espacio de acción, y la acción es discursiva. Con el uso de la palabra se construye una realidad experimentada de manera común. Así, en la naturaleza de la condición humana, la acción constituye el ámbito estrictamente político. Ahora podemos entender la conocida distinción de Arendt sobre los tres ámbitos de la condición humana, labor, trabajo y acción, donde la labor sería el ámbito ligado a la necesidad y la producción necesaria para la existencia, el trabajo sería el ámbito en el que se producen las cosas que constituyen el mundo específicamente humano, y la acción que permite la interacción entre los hombres y mujeres sin la intermediación de las cosas, y tiene que ver con las relaciones humanas, donde los hombres y mujeres dejan de ser algo y pasan a ser alguien. En esta triada solo la acción es el ámbito de la política. La acción siempre es interacción. La acción instaura la igualdad y tiende a la libertad, por eso la falta de libertad solo puede ser comprendida como una característica del ámbito de la labor; el zoon politikón no es un animal laborans.
En el espacio público-político los hombres y mujeres comparten el mundo. Y aquí surge el poder que es lo que sostiene la existencia de la propia esfera pública. En Arendt el poder no puede almacenarse, solo existe en su propia realidad, debe ejercerse, de ahí su cercanía con la libertad. El poder, nos dice Arendt, solo es realidad donde acto y palabra no se han separado, donde las palabras no se emplean para velar intenciones sino para descubrir realidades, y los actos no se usan para violar y destruir sino para establecer relaciones y crear nuevas realidades. La libertad es la razón de ser de la política que surge en el ámbito de la acción, pero se debe tener en cuenta que la acción también es sumamente frágil.
El espacio público que puede aparecer espontáneamente igualmente puede desaparecer espontáneamente, por eso se hace necesario constituir un monumento de recordación, donde el poder se convierta en palabra, se afirme a sí mismo, se instituya. Así se da la fundación de un orden nuevo, una audacia que rompe cadenas y señala el abismo entre lo que ya no es y lo que todavía no es, a través de la palabra, de la declaración. En este punto se funda una nueva autoridad que, a diferencia de la relación de dominio, requiere del reconocimiento de los demás. La autoridad verdadera excluye el uso de la violencia o la coacción y se instala a través de la argumentación que presupone la igualdad entre hombres y mujeres. Solo en el uso de argumentos la autoridad se realiza. La autoridad es producto de los que actúan, de los autores. Pero los autores no son los artífices, los autores actúan, los artífices ejecutan. Esto recuerda aquella forma que dice que el pueblo manda y el gobierno acata, ejecuta, obedece.
Es en el ámbito de la acción donde hombres y mujeres adquieren la capacidad de hacer promesas y hasta de perdonar. Esta capacidad de hacer promesas mutuas, y de realizar alianzas, da origen a la sociedad. Y ya que el poder surge en la relación “entre” hombres y mujeres, no puede ser delegado.
Adicionalmente decir que, en el pensamiento de Arendt, la auténtica política solo puede surgir en las grietas de la historia donde parece interrumpirse o suspenderse el tiempo, un momento que se sustrae al orden de la dominación. Entonces se entiende que la política tiene que ver con la posibilidad de establecer límites o de interrumpir procesos derivados de una modernidad que amenaza con destruir la vida o las condiciones que la hacen posible. Por eso Arendt concibe la revolución como la interrupción de procesos decadentes más que con la instalación de algún tipo de utopía.
Con los elementos podemos decir que el Quinto Río fue ante todo un acontecimiento genuinamente político. Su importancia reside en haber interrumpido la continuidad de una historia marcada por el deterioro de las condiciones que hacen posible la vida, al cuestionar la explotación minera en las fuentes de agua. El Quinto Rio marcó un hito en el que una pluralidad de ciudadanos apareció conformando simultáneamente un espacio público para expresarse sobre un asunto que concernía y concierne a todos. Allí se produjo un quiebre. Las personas dejaron de ser objetos de la política para convertirse en sujetos capaces de intervenir en aquello que comparten. En ese sentido, el Quinto Río fue una experiencia de libertad. Durante un momento Cuenca se convirtió en el lugar donde una sociedad se hizo visible para sí misma y dejó claro que existen límites que no pueden ser definidos ni desde el interés económico ni desde la representación política.
El Quinto Río fue una experiencia contra-pedagógica que alteró la forma de entender la política, produjo una experiencia compartida que transformó la sensibilidad ciudadana al incorporar en el centro del debate, nuevos compromisos para cuidar aquello que interesa a todos. Sin embargo, la defensa del agua, de los páramos y de la naturaleza, trasciende la demanda ambiental porque en ella se encuentra una pregunta política fundamental: ¿qué debemos preservar para seguir viviendo juntos? Así, este acontecimiento abrió la posibilidad de otro comienzo.
Pero también hay que reconocer que esa posibilidad quedó inconclusa. El Quinto Río nos dejó algo pendiente. Precisamente porque el Quinto Río fue una experiencia de acción, su principal virtud fue también su mayor debilidad. La acción, siguiendo a Arendt, es imprevisible, contingente y fugaz; puede aparecer y desaparecer con la misma espontaneidad con la que surge. El Quinto Río fue una acción suficientemente poderosa para convertirse en acontecimiento, pero insuficientemente articulada para refundar las dinámicas de la política tradicional que seguimos padeciendo. No obstante, no deberíamos ocultar esta carencia inmediata, sino comprenderla en sus múltiples resonancias todavía presentes e impredecibles.
Finalmente podríamos añadir que esa experiencia mostró nuestra capacidad colectiva de autoorganización. Ya sabemos dónde está la fuente del río, ahora quizá sea momento de explorar su cauce.






