La política ecuatoriana está llena de episodios vergonzantes. Los protagonizan quienes, se supone, deben dar ejemplo de cordura, sapiencia, de espíritu democrático y de cultivar los más altos valores.
Empero, eso no ocurre. Las excepciones son pocas.
Cómo olvidar la sugerencia de una exasambleísta, cuando dijo que “si van a robar, que roben bien”, se supone que en el sector público. ¿Dónde más?
¿Qué supone “robar bien”? A lo mejor, no dejar rastro, por más imperceptible que sea.
Muchísimo antes de tamaña barbaridad, otro político, al justificar un pacto entre archienemigos se vanaglorió diciendo que lo hicieron “porque les dio la regalada gana”.
A la antología de esos y otros absurdos, de conductas que revelan la bajeza moral de sus protagonistas, acaba de sumarse otro.
La prefecta de Esmeraldas, Roberta Zambrano, en un acto público en la Universidad donde estudió (¿estudió?), dijo haber sido “copiona”, lo que no le impidió incurrir en la política y ser autoridad provincial.
Tal si esas expresiones no fueron suficientes como para merecer el reproche ciudadano, dijo que aconsejaba a sus hijos a que hagan lo mismo; e igual lo deben hacer los estudiantes que ese día le escuchaban.
Todo eso enloda más el quehacer político. Hay razones para que gran parte de la ciudadanía siga desconfiando de esta actividad; hasta denostando de la democracia, de los partidos y movimientos.
Mal puede una provincia como Esmeraldas, el Ecuador entero, soportar a una prefecta con “semejantes dotes” para copiar.
Vivimos aplastados por la corrupción, por la violencia, con el optimismo por los suelos; oyendo, impávidos, por ejemplo, ofertas académicas estólidas, como la de una universidad que ofrece títulos de abogado en 18 meses.
Se acercan las elecciones seccionales, en las cuales se pueden colar otros copiones, otros que saben cómo robar bien.









